“Estoy tan emocionada. Ha sido mi padre, sentado en su sofá y ya jubilado, quien me ha dado la noticia del fin de ETA”. Ha sido su héroe, como ella siempre dice, quien le ha contado -sereno, con un punto de desconfianza pero muy feliz- la noticia que siempre esperaron. “Esta noche va a dormir tranquila por fin mucha gente”, ha sido la reflexión.
Es su héroe porque la educó sin miedo en un cuartel de la Guardia Civil de Irún. Allí prestó servicio su padre desde 1970 hasta 2003, cuando se jubiló y regresó a su Granada natal, el lugar al que había obligado a volver a sus tres hijos cuando fueron cumpliendo 18 años. “Tomó una decisión dura y muy inteligente porque siempre supo que si estudiábamos la carrera allí, nos habríamos quedado y siempre habríamos vivido amenazados”. Uno por uno, los tres hijos se fueron a estudiar a casa de los abuelos contra su voluntad. El matrimonio se sacrificó y permaneció en el cuartel hasta completar del todo la hoja de servicios. “Nos rebelamos contra mi padre, no lo podíamos entender. Pero años después, cuando ya éramos adultos y pudimos hablar de esto, todos juntos en casa, le dimos las gracias”. Les había salvado.
Es su héroe porque cuenta muchos muertos entre sus compañeros, muchos entierros, pero siempre evitó que sus hijos sufrieran por eso. Un héroe que se sentaba en las cafeterías siempre de espaldas a la pared, mirando a la puerta, sin que eso fuese perceptible a esos niños que, con sangre andaluza, eran vascos, criados en el País Vasco, con amigos vascos. Un héroe que no les inculcó el odio ni el revanchismo ni la desconfianza y les mantuvo alejados del dolor.
Es su héroe porque les hizo libres con su ejemplo, con sus valores, los que inculcó en el único varón de la familia, que se hizo guardia civil y prestó servicio cuatro años en Intxaurrondo, y en ella, que se negaba a cumplir con la consigna que se les daba a los hijos de los agentes. “Nos decían que contásemos en el colegio que nuestro padre trabajaba en Renfe. ¿Pero cómo iba yo a negar a mi padre, que era lo que yo más admiraba? No lo podía entender”. Empezó a tomar conciencia del mundo en el que vivía siendo adolescente, cuando se negaba a responder con mentiras a las preguntas amenazantes de algunos compañeros sobre la profesión de su padre. “Una vez uno me increpó y me dijo que sabía que era ‘picoleta’. Quería amedrentarme, pero no me callé. Le invité a tomar un café y hablamos de todo. Desde entonces me respetó”. Provocó el rechazo de quienes se protegían del terror renunciando a la verdad. Un día descubrió que una amiga le ocultaba que era hija de un policía: “¿Pero por qué no me cuentas a mí la verdad, si soy como tú?”, le afeó desconcertada. “Porque tengo miedo a que me descubras”, fue su respuesta. Y claro que la entendió.
Es su héroe porque le preguntaba con disimulo los nombres y apellidos de sus compañeras, de las niñas con las que salía, de los chicos con los que tonteaba, llevando una vida normal en un entorno que hoy sabe que no era normal. Él vino a casa una noche dispuesto a hablar con ella. Le quería contar con tranquilidad y para que ella lo entendiera que él había participado de la detención por su vinculación con ETA al padre de una de sus amigas.
Es su héroe porque montó a toda su familia en un coche para viajar de Granada a Irún en cuanto recibió la llamada en la que le informaron de que habían puesto una bomba en su cuartel. Ellos, por suerte, estaban de vacaciones. Afortunadamente no murió nadie. Pero corrió a estar con los suyos y enseño a sus hijos que había que estar en esos momentos con los suyos, a levantar los escombros de sus casas destrozadas, a dar la cara en las concentraciones en tiempos en los que nadie se retrataba.
Mi amiga Alicia, de la que me despedí llorando a lágrima viva hace hoy un año después de seis meses trabajando juntas, llegó a mi vida como un torrente de alegría, de aire fresco, de autenticidad. Había días en los que sentía que no era capaz de afrontar determinadas cosas y siempre terminaba sorprendiéndose a si misma y, en tono jocoso, comentaba: “¿Pero si yo he sobrevivido a un atentado en mi cuartel? ¿Cómo no voy a poder yo con esto?”. Luego me enteré por su marido que realmente ella no estaba en el cuartel ese día y siempre utilicé su exageración para glosar su carácter excesivo, su visceralidad sin medida. Luego, en muchas conversaciones de este año, fui descubriendo los detalles de esa vida tan distinta a la mía y tan parecida a la de tantos vascos como ella. Una historia de héroes, como el padre guardia civil y, claro que sí, supervivientes como ella. Por eso hoy, otra vez en 20-O, tenemos que reconocer que hemos vuelto a llorar juntas.
Es su héroe porque la educó sin miedo en un cuartel de la Guardia Civil de Irún. Allí prestó servicio su padre desde 1970 hasta 2003, cuando se jubiló y regresó a su Granada natal, el lugar al que había obligado a volver a sus tres hijos cuando fueron cumpliendo 18 años. “Tomó una decisión dura y muy inteligente porque siempre supo que si estudiábamos la carrera allí, nos habríamos quedado y siempre habríamos vivido amenazados”. Uno por uno, los tres hijos se fueron a estudiar a casa de los abuelos contra su voluntad. El matrimonio se sacrificó y permaneció en el cuartel hasta completar del todo la hoja de servicios. “Nos rebelamos contra mi padre, no lo podíamos entender. Pero años después, cuando ya éramos adultos y pudimos hablar de esto, todos juntos en casa, le dimos las gracias”. Les había salvado.
Es su héroe porque cuenta muchos muertos entre sus compañeros, muchos entierros, pero siempre evitó que sus hijos sufrieran por eso. Un héroe que se sentaba en las cafeterías siempre de espaldas a la pared, mirando a la puerta, sin que eso fuese perceptible a esos niños que, con sangre andaluza, eran vascos, criados en el País Vasco, con amigos vascos. Un héroe que no les inculcó el odio ni el revanchismo ni la desconfianza y les mantuvo alejados del dolor.
Es su héroe porque les hizo libres con su ejemplo, con sus valores, los que inculcó en el único varón de la familia, que se hizo guardia civil y prestó servicio cuatro años en Intxaurrondo, y en ella, que se negaba a cumplir con la consigna que se les daba a los hijos de los agentes. “Nos decían que contásemos en el colegio que nuestro padre trabajaba en Renfe. ¿Pero cómo iba yo a negar a mi padre, que era lo que yo más admiraba? No lo podía entender”. Empezó a tomar conciencia del mundo en el que vivía siendo adolescente, cuando se negaba a responder con mentiras a las preguntas amenazantes de algunos compañeros sobre la profesión de su padre. “Una vez uno me increpó y me dijo que sabía que era ‘picoleta’. Quería amedrentarme, pero no me callé. Le invité a tomar un café y hablamos de todo. Desde entonces me respetó”. Provocó el rechazo de quienes se protegían del terror renunciando a la verdad. Un día descubrió que una amiga le ocultaba que era hija de un policía: “¿Pero por qué no me cuentas a mí la verdad, si soy como tú?”, le afeó desconcertada. “Porque tengo miedo a que me descubras”, fue su respuesta. Y claro que la entendió.
Es su héroe porque le preguntaba con disimulo los nombres y apellidos de sus compañeras, de las niñas con las que salía, de los chicos con los que tonteaba, llevando una vida normal en un entorno que hoy sabe que no era normal. Él vino a casa una noche dispuesto a hablar con ella. Le quería contar con tranquilidad y para que ella lo entendiera que él había participado de la detención por su vinculación con ETA al padre de una de sus amigas.
Es su héroe porque montó a toda su familia en un coche para viajar de Granada a Irún en cuanto recibió la llamada en la que le informaron de que habían puesto una bomba en su cuartel. Ellos, por suerte, estaban de vacaciones. Afortunadamente no murió nadie. Pero corrió a estar con los suyos y enseño a sus hijos que había que estar en esos momentos con los suyos, a levantar los escombros de sus casas destrozadas, a dar la cara en las concentraciones en tiempos en los que nadie se retrataba.
Mi amiga Alicia, de la que me despedí llorando a lágrima viva hace hoy un año después de seis meses trabajando juntas, llegó a mi vida como un torrente de alegría, de aire fresco, de autenticidad. Había días en los que sentía que no era capaz de afrontar determinadas cosas y siempre terminaba sorprendiéndose a si misma y, en tono jocoso, comentaba: “¿Pero si yo he sobrevivido a un atentado en mi cuartel? ¿Cómo no voy a poder yo con esto?”. Luego me enteré por su marido que realmente ella no estaba en el cuartel ese día y siempre utilicé su exageración para glosar su carácter excesivo, su visceralidad sin medida. Luego, en muchas conversaciones de este año, fui descubriendo los detalles de esa vida tan distinta a la mía y tan parecida a la de tantos vascos como ella. Una historia de héroes, como el padre guardia civil y, claro que sí, supervivientes como ella. Por eso hoy, otra vez en 20-O, tenemos que reconocer que hemos vuelto a llorar juntas.
Eres la bomba, yo sabía que eres un muy buena persona ( íntegra y con principios ), pero no sabía que eras mejor periodista todavía que persona. Un beso y gracias
ResponderSuprimirte quiero amiga. Alicia
ResponderSuprimirBonito homenaje. El de Alicia a su padre y el de Inmaculada a Alicia. Cuando tienes la fortuna de contar con ellas dos entre tu lista de "Personas a las que quiero" (y me quieren, creo), cada palabra, cada frase entrecomillada, tiene un significado distinto, pese a la sensibilidad que de por si ya habita en ellas. Y te llegan al corazón, como el eco de sus risas. Qué ganitas de apretujaros....
ResponderSuprimirmuy húmano,y la humanidad es algo que en el tiempo en que nos ha tocado vivir, se vé poco y por desgracia se valora también poquito,besos a todos los que como ellos,comenzais a vivir hoy un poco más .
ResponderSuprimirQué bonito Inma! Me he emocionado al leerte y recordar viejas historias que nuestra "pequeña Alicia" nos contaba hace ya... Os quiero a las dos. Fátima.
ResponderSuprimirQué ingenua creer que se ha acabado eta ¡la tenemos en el parlamento, hichándose los bolsillos del erario público y con acceso privilegiado a nuestros datos, a los datos de las líneas de actuación de la Guardia Civil!. Dios mío, qué país tan ingenuo
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