He tenido que conducir dos horas bajo la lluvia para poder responderte. Porque me dijiste que la tuya es una generación perdida de periodistas. “Es como empeñarse en trabajar en Astilleros”, me comentaste al otro lado del teléfono, evocando quizá una de las imágenes más potentes de tu infancia, quizá ésas que te llevaron a hacerte preguntas y querer entender para poder contar.
Tuve que reencontrarme con el olor a tierra mojada de siempre y la gama de verdes de mi carretera para volver a verlo todo claro: la tuya no puede ser una profesión en extinción. No lo es. Hoy más que nunca la gente quiere que les cuenten qué pasa, y que se lo expliquen, y que les den todos los puntos de vista, y que haya profesionales que vayan mucho más allá que ellos al encontrar noticias, al analizarlas y al hacerlas públicas. En una sociedad con exceso de comunicación, con redes que escupen información sin masticar ni confirmar, claro que sigue siendo necesaria tu generación de periodistas, gente como tú, que se hace cientos de preguntas mientras agita los dedos con cierto nerviosismo minutos antes de empezar a escribir. Gente que sabe la fuente a la que acudir, que pregunta en la calle aunque le miren mal y que repregunta si le devuelven con un silencio provocador. Gente que llama y rellama hasta que confirma, incluso jugándose la vida al lado de una montaña de papeles y vasos vacíos de café que amenaza con derrumbarse a la hora en la que hay que pensar en cerrar.
Los puestos de trabajo destruidos en Astilleros cambiaron los sueños y el futuro de miles de familias, la economía de una ciudad, lo sabes bien; pero también sabes que detrás del empleo que ahora defiendes están en juego muchas más cosas. El derecho de la sociedad a estar informada de forma rigurosa y veraz por profesionales experimentados, la vocación de los medios de comunicación de contribuir al pluralismo político, la obligación de salvaguardar la democracia generando opinión pública… Quizá de tanto sobar estas palabras se nos pase por alto que son absolutamente ciertas, absolutamente necesarias ahora que está en crisis todo, también nuestros valores.
“Bueno, pues termina pronto y vete a casa”, te aconsejé. “Claro, si al fin al cabo esto no es todo, aunque le dediquemos tanto tiempo”, repusiste. Pues sí. Te vi llegar siendo un becario callado y discreto, pero de ojos bien abiertos. Vi como te cambiaron el nombre, al poco de habérmelo cambiado a mí. Vi reflejada en tu cara la emoción de poner en marcha un periódico, un proyecto maravilloso en el que creer, con maestros con los que crecer. Te vi enamorarte en una redacción, coquetear al lado de la bombona de agua donde curabas las resacas de las lunas de tus veintitantos. Te vi aplaudir en tu boda a las seis de la tarde, rodeado de compañeros de todas esas redacciones por las que habías pasado y de otras en las que eras respetado, y comprendí lo mucho que este oficio te ha dado. Y ahora sé que todo eso sólo es el prólogo.
Porque tienes treinta años y en tus dedos, tan adiestrados como están para teclear todo lo que bulle en tu cabeza, aguardan miles de noticias por contar. No sé dónde ni cómo lo harás, pero sé que tendrás que hacerlo. Admito con nostalgia y resignación que hay figuras del viejo periodismo, ése que fue tu escuela, que ya no volverán, pero proclamo con total convicción que tú, y todos los Mancebos como tú, seguís siendo imprescindibles.
Tuve que reencontrarme con el olor a tierra mojada de siempre y la gama de verdes de mi carretera para volver a verlo todo claro: la tuya no puede ser una profesión en extinción. No lo es. Hoy más que nunca la gente quiere que les cuenten qué pasa, y que se lo expliquen, y que les den todos los puntos de vista, y que haya profesionales que vayan mucho más allá que ellos al encontrar noticias, al analizarlas y al hacerlas públicas. En una sociedad con exceso de comunicación, con redes que escupen información sin masticar ni confirmar, claro que sigue siendo necesaria tu generación de periodistas, gente como tú, que se hace cientos de preguntas mientras agita los dedos con cierto nerviosismo minutos antes de empezar a escribir. Gente que sabe la fuente a la que acudir, que pregunta en la calle aunque le miren mal y que repregunta si le devuelven con un silencio provocador. Gente que llama y rellama hasta que confirma, incluso jugándose la vida al lado de una montaña de papeles y vasos vacíos de café que amenaza con derrumbarse a la hora en la que hay que pensar en cerrar.
Los puestos de trabajo destruidos en Astilleros cambiaron los sueños y el futuro de miles de familias, la economía de una ciudad, lo sabes bien; pero también sabes que detrás del empleo que ahora defiendes están en juego muchas más cosas. El derecho de la sociedad a estar informada de forma rigurosa y veraz por profesionales experimentados, la vocación de los medios de comunicación de contribuir al pluralismo político, la obligación de salvaguardar la democracia generando opinión pública… Quizá de tanto sobar estas palabras se nos pase por alto que son absolutamente ciertas, absolutamente necesarias ahora que está en crisis todo, también nuestros valores.
“Bueno, pues termina pronto y vete a casa”, te aconsejé. “Claro, si al fin al cabo esto no es todo, aunque le dediquemos tanto tiempo”, repusiste. Pues sí. Te vi llegar siendo un becario callado y discreto, pero de ojos bien abiertos. Vi como te cambiaron el nombre, al poco de habérmelo cambiado a mí. Vi reflejada en tu cara la emoción de poner en marcha un periódico, un proyecto maravilloso en el que creer, con maestros con los que crecer. Te vi enamorarte en una redacción, coquetear al lado de la bombona de agua donde curabas las resacas de las lunas de tus veintitantos. Te vi aplaudir en tu boda a las seis de la tarde, rodeado de compañeros de todas esas redacciones por las que habías pasado y de otras en las que eras respetado, y comprendí lo mucho que este oficio te ha dado. Y ahora sé que todo eso sólo es el prólogo.
Porque tienes treinta años y en tus dedos, tan adiestrados como están para teclear todo lo que bulle en tu cabeza, aguardan miles de noticias por contar. No sé dónde ni cómo lo harás, pero sé que tendrás que hacerlo. Admito con nostalgia y resignación que hay figuras del viejo periodismo, ése que fue tu escuela, que ya no volverán, pero proclamo con total convicción que tú, y todos los Mancebos como tú, seguís siendo imprescindibles.
Joder. Qué bonito. Qué nostalgia (en mi caso)
ResponderSuprimirCarreter, tú sí que eres imprescindible. Por todo lo que nos has enseñado a muchos, y por lo que seguimos aprendiendo de ti. Ni te imaginas, para aquellos que hemos compartido mesa, ordenador y agenda contigo, en distintos sitios y bajo diferentes cabeceras, lo que se te echa de menos en una redacción. Nos queda, pese a todo, el recuerdo y la confianza de que estás siempre ahí, con palabras de ánimo en momentos de desazón y con respuestas en época de incertidumbre.
ResponderSuprimirCarretero... eres maravillosa. Tan imprescindible como Javi. Gracias a los dos por dejarme aprender a vuesra vera durante estos años.
ResponderSuprimirJoder Carretero, casi me haces llorar... es que ademas hoy estoy sensiblon y con la mente puesta en los chicos de El Correo y con la mirada en el Facebook por lo mismo. Y casi me haces llorar no por nada sino porque yo tambien os echo de menos a todos, vosotros erais "mi redaccion" y despues de vosotros ya no hubo ninguna.
ResponderSuprimirChicos, que esto no es para ponernos nostálgicos sino para reafirmarnos y decirnos todos los unos a los otros que somos fantásticos y que nos echamos de menos allí donde estamos, repartidos por el mundo. Cuando se produzca la reagrupación nos va a quedar una edición linda!!
ResponderSuprimirA mí sí se me han saltado las lágrimas. De repente os he encontrado aquí, charlando como si estuviéramos juntos, con un cubata en la mano a las tantas, en la Alameda, con esta intensidad tan típica de los periodistas, que igual te lleva a no dar nunca un debate por perdido aunque mañana haya que trabajar, que a llamar a alguien a su casa a las mil, por decimoctava vez, porque te ha surgido otra duda. Me ha entrado una mezcla amarga entre la sorpresa de ver que seguimos ahí, locos que estamos, pensando que esto merece la pena aunque los mejores estéis repartidos por el mundo (no olvido a Javi, él siempre está en su mundo ;)) y la pena de que la fe, las ganas, las ideas, la profesión hirviendo en las venas estén en los comentarios de este blog y no estén en las cabezas, los papeles, las cuentas de quienes mandan en mi periódico. Que haya más reivindicación de una sociedad informada, justa y libre en la forma de tocarse los dedos antes de escribir, en los paralelismos entre las películas y la vida, en la capacidad de escribir sin parpadear hasta que se te salte una lentilla o en gastarse el sueldo en libros para entender el mundo, más periodismo en eso que el que sale de juntar todas las decisiones que se están tomando para 'salvar' a un periódico centenario... dónde vamos a llegar.
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