jueves, 30 de septiembre de 2010

Y ellos se juntan

Anda España entera intentando buscar a los culpables de todo lo que ocurrió en Marbella en la era Gil. Columnistas y tertulianos, pescaderas y carniceros, todo el mundo se echa las manos a la cabeza en estos días en los que se sientan en el banquillo los supuestos personajes principales de la trama malaya organizada. Nadie entiende nada y todo el mundo dispara bien alto, apuntando a los políticos, a los juces, a los fiscales y a los marbellíes de lo que allí se urdió. "Es que había una red clientelar tan bien tejida en Marbella que Jesús Gil logró el mismo número de votos en dos elecciones seguidas", oí decir a un periodista malagueño el otro en la radio. ¿De verdad que nadie se acuerda ya de que el gilismo superó las fronteras del Club Financiero y de la Costa del Sol?
Un botón de muestra. En octubre de 1999, mi jefe me montó de madrugada en un autobús en Dos Hermanas camino de una Convención Nacional del GIL en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid. No había ni una plaza vacante. Con el maletero cargado de los paquetes del almuerzo comprados en El Corte Inglés -lo de la lata y el bocadillo se queda para los partidos sin tantos recursos-, una ex concejala del PP lideraba la expedición. Ella, rubia enlacada y locuaz, sostenía que los populares la habían decepcionada y que "ellos", como llamaba a la dirección gilista, le prometían lo mejor para su pueblo. Una pancarta con el lema "Gil, la voz del pueblo en el Congreso" ilustraba la parte trasera del autocar, que después de más de seis horas de viaje llegó al acto, lo que provocó que se quedasen fuera del recinto la mayoría de los asistentes nazarenos. Menos mal que Jesús Gil aún no había tomado la palabra y la futura candidata gilista de Dos Hermanas logró impregnarse de su mensaje.
Había más de mil personas de toda España que aplaudían y jaleaban a Gil. Una señora tomó el micrófono para decir que se cortaría dos dedos si llevaban a la cácel a su "don Jesús" y otro justificó su presencia en el mitin con el hecho innegable de que ése era un partido liberal, como él y como su abuelo, "al que mataron por liberal". Un fiel cordobés tenía claro que este grupo era "el futuro". Allí había de todo y de todos los sitios: ex militantes de formaciones tradicionales que vieron frustradas sus expectativas, forofos atléticos, ejecutivos reclutados a través de un anuncio publicitario y mucho vecino del cinturón madrileño. Coslada, Getafe o Vallecas eran municipios en los que el GIL tenía puestas grandes esperanzas, según defendieron algunos de los secuaces del entonces alcalde de Marbella.
Su discurso no tuvo desperdicio. Insultaba la inteligencia y la sensibilidad de cualquier persona normal. Lo peor fue la sensación de estupor porque cualquiera de nosotros podría otorgar a los presentes una apariencia de normalidad si los ve en el supermercado o incluso enel fútbol. Se oyeron cosas sin pies ni cabeza de las que recupero algunas de esa página publicada en Diario de Sevilla gracias a la habilidad de Pablo con el Arcano. El difunto Gil defendió que su partido era "otra cosa, no tiene ideología". "Lo nuestro es la seguridad y la limpieza"; remató. ¿Procedimiento de reclutamiento? "No necesitamos comprar a nadie porque el kilo de tránfugas está por los suelos. La mayoría están locos por venir al GIL". Después, sin miedo al Código Penal, se pasó media hora disertando sobre buenos y de malos, señalando a jueces y fiscales, insultando a Felipe Gonzalez y ridiculizando a José María Aznar para terminar por bendecir a Franco: "No lo conocí. Algo bueno habrá hecho y algo malo también".
Afortunadamente no tuve que volver en el autobús de los simpatizantes de Dos Hermanas. No podría haberlo hecho sin discutir con ellos después de haber asistido a aquel montaje mafioso. Porque el GIL y sus covenciones eran solo instrumentos legales para sostener el entramado corrupto del que ya hablaba la Cámara de Cuentas, el Tribunal de Cuentas y los fiscales y los periódicos. Y Jesús Gil ya tenía causas pendientes. Pese a ello, más de mil personas de toda España madrugaron aquel domingo para legitimar la estrategia, para dotar de contenido, de nombres y apellidos, unas siglas pensadas como soporte delictivo. Por la noche, ya en la redacción, no encontraba titular para aquella barbaridad. Le dimos mil vueltas y al final, muertos de risa y de cansancio, optamos por mutilar el refranero popular y encabezamos la página con grandes letras en las que podía leer "Y ellos se juntan". El problema es que entonces eran demasiados.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada