sábado, 11 de septiembre de 2010

Nueva York

Recuerdo a Matias Prats en el televisor de casa. Su narración en directo sin saber qué era. Después el otro avión embistiendo contra la otra torre. Ya toda la familia estaba en el salón. Recuerdo las prisas por la calle San Luis para llegar a tiempo al periódico y enterarme de qué estaba pasando y recuerdo el primer comentario de uno de los columnistas del lugar: "Éste es el principio de la Tercera Guerra Mundial". Recuerdo que rápidamente caimos en la cuenta de que La Moneda había sido bombardeada en tal día como aquel y recuerdo las noticias sobre la amenaza a las sedes de las grandes instituciones. Y me recuerdo buscando un teléfono discreto desde el que llamar a Bruselas para confirmar que todo estaba en su sitio: "No te quedes en Schumann, que estás en todo el meollo", recomendaba a media voz en plena incertidumbre.
Porque entonces no sabíamos ni quiénes eran ni lo que querían. A esa hora de la tarde sólo podíamos suponer que tras ese coloso en llamas había miles de gritos y de muertos, de relojes detenidos para siempre. Fue después cuando empezaron a llegar las evidencias y la lluvia de cenizas cubriéndolo todo. A partir de las nueve de la noche las agencias internacionales empezaron a escupir fotos pasadas por el filtro de un blanco grisáceo: todas las imágenes de la Zona Cero tenían el color de la muerte.
Recuerdo los ojos vidriosos del amigo que aquella noche en Brooklyn rompió su silencio. El dolor por la memoria de las víctimas queridas, la nube de humo que llegó a Chelsea, la respiración atropellada hasta alcanzar el kilómetro cero de la nueva historia, los cuerpos sin vida, el llanto de los bomberos, la gestión del listado de familiares que buscaban el rastro de los suyos y el grueso manto de cenizas borrando las huellas de todo lo que había pasado hasta entonces, de aquella felicidad de las mañanas claras del otoño incipiente en Nueva York...
Recuerdo, sobre todo, esa mirada empañada tantos años después de la barbarie que ni él ni el mundo entero podrán olvidar jamás.

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