Verona. Una noche en la ópera de Los Ramones, Julia Cárreter y Sandra Roberts. Dicen que un buen periodista es aquel que sabe contar lo que pasa, da igual que se trate de una corrida de toros o de un pleno del Parlamento. No sé qué es un aria ni conozco en profundidad la obra de Verdi. Qué difícil me resulta explicar aquella colosal puesta en escena y cada una de las notas de Il Trovatore. Qué imposible va a ser que una futura intromisión en el género pueda ser parecida a ésta, representada al aire libre en L'Arena, en el escenario en el que se presentó María Callas y con capacidad para cientos de intérpretes que, en una perfecta armonía, componen el espectáculo más impresionante al que nunca he asistido en una de las ciudades más bellas de las que conozco. Paredes ocre, ventanas verdes, tejados a dos aguas, torres renancentistas, puentes romanos, teatros, monasterios y palacios. La corriente del Adige. Verona enamora, y no precisamente por lo mucho que explota el mito literario de Romeo y Julieta. Por cierto, ¿dónde está Romeo?
Padua. Y a la tercera va la vencida. Por fin visité la tumba del Santo, que andaba un poco enfadado conmigo. La compra de un rosario para mi abuela en un viaje de fin de curso impidió que le fuese a ver la primera vez y el retraso en la hora de llegada tampoco lo hizo posible a la segunda. Ahora sí, cubierta de piernas y hombros, por cierto, como en las mezquitas. San Antonio de Padua, que te ayuda a recuperar lo perdido, reúne a una legión de fieles de todo el mundo, aunque noto menos afluencia, todo hay que decirlo, que en estancias anteriores. ¿Será por culpa del alcalde?
Venecia. Todo es empeorable. Y no lo digo por el puente que Calatrava ha inaugurado en la ciudad -a mí me gusta- sino porque cada vez que paseo por Venecia todo es más falso, cada vez los canales son más irreales. Coca Cola ha cubierto con su enorme logotipo todo el callejón del Puente de los Suspiros. Que no haya foto en la que no aparezca el más grande mecenas del siglo XXI. A Venecia le sobran turistas y andamios sobre la Plaza de San Marcos. Eso sí, me ofreció el mejor helado del año.
Mantua. Me quedo con la austeridad y la redondez de la Iglesia de San Lorenzo, un románico desconocido hasta la fecha para mí. El abrazo de la cúpula. Y la huella imborrable de los Gonzaga y de Andrea Mantegna, presente en cada esquina.
Bérgamo. El vino en la plaza, la polenta en la cooperativa, la mirada perdida en la subida en el funicular, el escenario perfecto de la comedia del arte. Y los pies cansados de todo agosto sobre la piedra rodada de la vieja ciudad, en la que ya hace más frío, porque los Alpes están más cerca y porque, ciertamente, septiembre está a punto de comenzar.
Vaya repasito de arquitectura.
ResponderSuprimirHa sido tu verano más viajero?. Has estado en 3 países extranjeros, que Andorra también cuenta. Además hoy he caído que el puente de Diciembre con su Constitución linda y su Inmaculadita no existe!!!.
I miss you. Besos a todas
y volvió a San Antonio, pero no le puso vela...y eso que fuiste tú la que me dió el dato cuando lo visitamos juntas hace tantos años,por supuesto, la fuente, tu abuela. Por cierto, trata de localizar el rosario fluor en algún cajón, lo mismo funciona también.
ResponderSuprimir