La luna llena que ubico con más claridad en mi memoria, por su poderío y su indiscutible redondez, la localizo en Mérida. Descubrí un enorme foco que alumbraba a Rafael Álvarez ‘El Brujo’, convertido aquella noche de verano en un grandioso ‘Anfitrión’ de Plauto que irrumpía entre el público con su inconfundible voz. Eso fue en 1996 (dato que hay que agradecer al servicio de documentación del Festival de Teatro Clásico). Había visto antes muchas lunas y muchas obras, pero hasta entonces no sabía que un texto clásico puede ser tan divertido ni cuánto influye la atmósfera que envuelve la representación en la manera de hacerla propia.
A esa luna y a ‘El Brujo’ le debo todas las veladas que vinieron después. El amor desesperado y trágico de ‘Antonio y Cleopatra’ de ese mismo verano –ahí decidí ser actriz y pelirroja como Magüi Mirá, aunque debí de olvidar ese plan en el regreso de madrugada a casa- y la locura incomprensible de una ‘Lisístrata’ que habría dejado a Aristófanes boquiabierto, como nos dejó a todos los presentes aquel verano de 2003. Motos circulando por el escenario y enormes penes casi en la cara de los cariacontencidos espectadores de la primera fila que, como yo, no lograron enterarse de que aquello era una huelga de sexo de las griegas. Tuve que leer el díptico que te entegran en la entrada, lo cual es mala señal. Me pasó lo mismo al año siguiente con la ‘Proserpina’ de Enma Suárez –parece que la estoy viendo deambulando por la escena repitiendo una y otra vez el nombre de la protagonista-, pero siempre mereció la pena estar allí. Porque el resultado, por desafortunada que sea la versión o desatinados que estén los intérpretes, siempre es mágico: las luces sobre las columnas del escenario, la brisa veraniega acariciando a los actores y el eco de las voces que hace siglos sonaron en ese recinto con el mismo fin que lo hacen ahora. De ahí la emoción con la que Mario Vargas Llosa se convirtió en el Odiseo de Aitana Sánchez Gijón, la bella y fiel Penélope del poema épico que me maravilló diez años después de la primera vez.
Anoche, una luna a la que sólo le faltaba una pizca para convertirse en el astro colosal que hace años me deslumbró, me acompañó en la revisión del mito de ‘Electra’, pasado por los filtros de Benito Pérez Galdós y de Francisco Nieva y convertido en un retrato costumbrista de la España de comienzos del siglo XX. Después de 56 ediciones, Mérida sigue permitiéndonos subir a la máquina del tiempo gracias al teatro. Hasta el año que viene. A ver si tengo suerte con 'Medea', que se me resiste.
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