martes 31 de agosto de 2010

En tus manos encomiendo mi espíritu

Soy un ser menguante, como estas últimas lunas. Lean bien; menguante, no mangante. Empeñezco por días de forma inexplicable para mi torpe sesera. Seguro que la ciencia guarda la razón de este proceso de contracción que me inquieta. Lean bien; contracción, no contricción, que como no mango no tengo que arrepentirme de casi nada. ¿Qué queda de la adolescente espigada que un día fui? Ahora que la vida se empeña en achicarme, sólo el recuerdo de los complejos que acarreaba esa fisonomía desgarbada y zanquilarga.
Todo empezó antes del verano. Con la idea de controlar mi peso entré en la farmacia cercana que te mide por los mismos veinte céntimos que insertas en la ranurita mientras permaneces quieta y erguida, dos minutos antes de bajar de la plataforma y abondanar el local sin olvidar tus efectos personales. Lo hace con un láser que a mí me da un poco de grima, aunque digo yo que debe de ser fiable, que en las farmacias todo lo que se ofrece pasa por los controles más estrictos de calidad y para abrir una hay que tener carrera.
Decía que todo empezó antes del verano, cuando descubrí que debajo de todos los kilos que he acumulado en mis años de existencia aparecía la altura a la que respondo: 1,65. Una semana después me empecé a escamar: 1,64. Y tres semanas después, se desató la tragedia: 1,63.
No hay web con respuestas. Introduzco en google "calor", "estatura" y "centímetros" y no hallo lugar alguno en el espacio internáutico que relacione la canícula con la disminución a la que presiento que estoy abocada. Tampoco tiene que ver con el estrés laboral -puse en el buscador "reprogramación", "centímetros" y "lado oscurso" y no salió nada- ni con la intensa agenda estival: he leído en el prólogo de la guía del Trotamundos que el viajar hace crecer a las personas. Me ha dicho un compañero que sabe mucho de protocolo -trata con los grandes de España, por eso anoto su perspicaz aportación- que el mal de amores puede afectar a la estatura humana. "No hay caso", le he respondido. Pero he ido más allá: no sólo no padezco este trastorno -otros sí, no seré yo quién lo niegue-, sino que no creo que su consecuencia fuese el recorte: los cuernos suman centímetros, que el láser no sabe de accesorios.
Habla en este nuevo párrafo la voz de la conciencia: "Lo peor no es que caigas en estas diatribas a la hora en la que deberías estar estudiando para crecerte en la convocatoria de septiembre, sino echar la vista atrás y llegar a la conclusión de que la situación es especialmente grave por una razón: nunca fuieste alta. Vale que de adolescente fuiste larguirucha, pero ya ha llegado la hora de que admitas, pese a la crudeza que entraña, que ser alta debe de ser otra cosa".
Atisbé algo el día que le presté a Mar el vestido dorado de lentejuelas que en tantas bodas me hizo brillar. El cinturón años 20 que tan mono me quedaba a mí por debajo de la cadera le ceñía el pecho de una forma un tanto extraña. Pero, qué quieren que les diga, siempre me he resistido a aceptar una verdad incómoda, una realidad que acababa con la imagen de mí misma -fabricada y aumentada también por mí misma- en la que siempre me tuve por estilizada. ¡Qué convencida he estado siempre de que ser alta, como yo lo era sin lugar a dudas, me hacía ser más importante en este mundo cruel en el que el tamaño importa! Eso sí, nunca me he tenido por estirada.
¿Cómo asimilar ahora esta condena a la insignificancia? No podré mirar a los ojos -a pesar de que llegaré a estar a su altura- a ninguno de los escasamente altos a quienes antes trataba por encima del hombro -no por engreimiento, no- por mi condición de grácil gacela. Ahora que me sé más ñu que otra cosa, sólo me queda dedicar estas letras a Marta, autocorregirme al admitir que contracción y contricción van de la mano en estas circunstancias y terminar confiando en que mi amiga no sea rencorosa. En sus manos encomiendo mi espíritu, incorpóreo y etéreo, que es lo que me temo quedará de mí cuando sea un pequeño ser, condenado, si la tendencia no varía, casi a la invisibilidad a pesar de dejarme el sueldo en tacones.

3 comentarios:

  1. Pregunta 1: ¿Estos son los efectos secundarios de mis melazzane parmigiana?
    Pregunta 2: ¿Y el guapo portavoz de los controladores aéreos?

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  2. Acabo de mantener una conversación telefónica en la que se me afea el tono de este post. Los reproches proceden de una amiga de estatura media que no entiende mi locura y cree que insulto a los bajitos adorables de nuestras vidas. Así que entono el mea culpa y pido disculpas a los ofendidos, qué le vamos a hacer. Ah, por cierto, que Marta no es retaca, es que yo me dedico a hacerla rabiar con eso... Es tan guapa, tan mona, tan ideal!!! (en fin, que no tiene arreglo,no??)

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  3. me he reído mucho, pero no uses nombres propios la próxima vez...

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