Oído esta mañana camino de la Plaza de Abastos: “Mira, que se han muerto muchas del Sagrado Corazón, te apunto, ¿no?”. La oferta resulta cuanto menos tentadora, máxime si proviene de un cuerpo de apariencia espectral, blanquecino, empalado y raquítico como el de la proponente. Pagas el recibo del Sagrado Corazón y, más pronto que tarde, la terminas palmando como todas las que antecedieron en la alineación de devotas.
La lista existe. Doy fe porque la tuve a buen recaudo cuando tenía la friolera de nueve o diez años. Alguien me encomendó la tarea de tocar los timbres de las cancelas, saludar a las fieles con gesto angelical y cobrarles la cuota que permitía que el Sagrado Corazón habitase entre todas ellas. Una noche, después de haber recorrido en pleno invierno todo el pueblo, mi abuela me preguntó la razón por la que tenía las manos congeladas y un sabañón incipiente en la nariz. Le conté la misión en la que andaba enrolada y rápidamente fui retirada de la calle: una nieta suya, proclamó en un acceso de dignidad, no debía dedicarse a esos menesteres.
Que me libre Dios de sembrar algún tipo de duda sobre mi educación en las costumbres cristianas. Mi abuela me confiaba todos los meses la tarea de trasladar a casa de la vecina de turno la capillita de Santa Gema, pero yo era su nieta y a mí sólo me mandaba ella. Faltaría más. Me encargaba que vigilase al San Antonio de mi dormitorio para que a la mariposa no le faltase aceite, me hacía responsable de tener en el armario abundancia de velones rojos, subvencionaba mis limosnas para iluminar a la Vírgen en su ermita y se hacía cruces cuando le confesaba que la noche anterior me había quedado dormida sin rezar siquiera las cuatro esquinitas que tiene mi cama. Lo peor venía cuando este delicado asunto surgía en las conversaciones entre ella y su cuñada (tía-abuela mía para más señas) porque ésta, más beata y de misa más frecuente, se veía en la obligación de advertirme de que estaba en pecado mortal. Dicho sea de paso que ella va camino de ser eterna.
Con tales antecedentes no pude entender nada el día que el cura de mi pueblo se acercó a mí y a mis amigas en la Iglesia y nos reprendió por ir a rezar a diario. Desconcierto, estupor, incomprensión… Habíamos hecho la comunión el domingo anterior y llevábamos cuatro días seguidos orando con las manos entrelazadas y actitud piadosa delante de todas y cada una de las imágenes del lugar. Empezábamos el recorrido en una punta y terminábamos en la otra. “No hace falta que lo hagáis delante de ellas”, nos aclaró con serenidad. “Podéis rezar en casa”. Yo, protagonista de tal bíblica expulsión del templo, no daba crédito. Ahora que sé que la escena se produjo delante de la tumba de un prócer local atribuida a Esteban Bilbao, que no era ni santo ni nada, atisbo un poco más.
Mi santoral tenía más lagunillas. Llevaba años tirándole del cordón de la túnica al santo de una ermita –corría la leyenda urbana de que había sido milagroso para casar a la hermana mayor de una niña de mi pandilla- cuando descubrí que ése era San Francisco, amigo de los animales y poco hecho al celestineo. La aclaración llegó a tiempo porque, cuanto más crecía, más cortedad me provocaba cumplir con el ritual que, por otra parte, no me atrevía a abandonar para no correr el riesgo de ser condenada a la soltería.
Ese temor tomaba cuerpo cuando tropezaba en mis andanzas con una feligresa jovial y entrañable, reconocida por sus generosos atributos femeninos, su peinado bien cuidado y la intensidad de su perfume: “Eres la viva imagen de la Virgen”, repetía una y otra vez mientras acariciaba mis facciones y complacida entraba en una especie de trance que nunca comprendí del todo. Yo corría a casa, me miraba al espejo, y me sumergía en horribles tribulaciones, debatiéndome entre el honor de ser el reflejo de la mismísima patrona y la inquietud de no ser como el resto de las niñas, de carne y hueso, más hueso que carne entonces pero con posibilidades de futuro.
Mi abuela se encargaba de espantar esos pensamientos funestos porque ella consideraba que la belleza admirada en mí era puro determinismo y procedía directamente de su sangre. “Si es que eres mi nieta, ¿no te vas a parecer a la Virgen, hija mía?”. A mí me tranquilizaba tal versión: aprehendía con facilidad que quien realmente se parecía a la Virgen era ella y que lo mío eran puras migajas genéticas, inevitables al cabo.
Se ve que en mi familia ha debido de haber de toda la vida de Dios fluida conexión con el más allá. Mi tía-abuela, la cuñada de mi abuela, defiende con vehemencia que su ángel de la guarda le da información cierta de lo que hacemos cada uno de sus sobrinos en nuestras vidas paganas y alejadas de lo que debimos ser y no fuimos. Su ángel de la guarda, que debe de ser de los más cotizados porque la lleva cuidando con éxito 97 años, le cuenta todo lo que ella en su demencia senil quiere oír y de ahí que ella lo invoque a todas horas para reafirmarse en sus profecías y sentenciar con más credibilidad que el arrepentimiento es lo único que nos salvará de la mortificación en vida.
¿Cómo le explico yo que me he enterado de que el Arcángel San Gabriel, responsable de la Anunciación a la Virgen a la cual me parezco gracias a la intermediación de mi abuela, es el mismo que reveló el Corán a Mahoma? Mejor cierro la boca, que la prudencia, madre de la ciencia, también es un don valorado entre las buenas cristianas.
Ay! las musas! te lo dije, que siempre que andes despistada pienses en tu abuela. Mi recuerdo de ella no es nada melancólico, sino más bien divertido. Sé qeu el día que te decidas y escribas tu primera novela va a ser una fuente de inspiración inagotable. Me he reído mucho con esta crónica...
ResponderSuprimirestás que te sales, Cárreter.*
ResponderSuprimirBibi hablaba con la razón y no con las hormonas. He llorado y reído con Cumbres 1 y 2. Qué grande mama nona.
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