viernes, 6 de agosto de 2010

Andorra de nuevo

En el silencio de la montaña juego a uno de mis entretenimientos veraniegos: concentrar toda mi energía en el oído para descubrir sonidos lejanos. No reconozco ninguna de las melodías a las que estoy acostumbrada. Ni una chicharra. Sólo agua brotando de las entrañas de las rocas, el silbido del viento que mece las copas de los árboles y párajos que pían felices, sin el estrés de los gorriones asfixiados de mi habitual retiro vacacional. Abro los ojos y los cientos de verdes del paisaje me confirman que estoy muy lejos del páramo amarillo al que acostumbro. Hierba en lugar de jaragüellos (la RAE no reconoce esta palabra seguro, pero la RAE no sabe de lo que hablo), pinos y abetos que definen el perfil de La Massana, desde donde observo el mundo en estos días.
Las campanas de la iglesia de Ordino marcan las horas de un agosto en el que el sol baña las calles de piedra, pero que anuncia que el final de la tregua está cerca. No hay nieve, pero la certeza de que volverá es la razón de ser de este pueblo que se retuerce sobre sí mismo sorteando los obstáculos de la poderosa naturaleza. Estamos en el Parque Natural de Sordeny, reclamo para el turismo deportivo en los folletos de Andorra.
El turismo y el comercio --y durante mucho tiempo el contrabando, matiza en un castellano afrancesado un andorrano afable con quien comparto gin-tonic en la barra del Legends-- explican todo lo demás que ocurre en Andorra. Pero también hay ganado. Doy cuenta de ello en Pal, donde se come carne pirenaica con corte argentino. "Ah, la milanesa lleva caballo, ¿no?", comenta una extremeña asentada en el Principado desde hace ocho años. Mi cara de estupor extraña al resto de los comensales y termino por extrañarme hasta yo de mi extrañeza. Con la misma tranquilidad que yo como cola de toro de lidia, aquí se degustan caballos. De camino hasta La Pampa, la parrilla que nos da de cenar, decenas de restaurantes ofrecen menús equinos a los habituales de Arinsal, meca del deporte invernal.
Y echo en falta unos calcetines cuando el sol lleva unas cuantas horas escondido. El fresquito de por la mañana se hace frío en la noche oscura. No hay rastro de la luna, aunque me han dicho que a veces está. Habrá que volver para buscarla.

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