Me uní hace unas semanas a un grupo en Facebook que venía a decir que las Luisas molan mucho, pero me parece poco quedarme ahí. En los periódicos suele haber de todo, pero las Luisas son necesarias. Las Luisas son una estirpe de periodistas que no preguntan en las ruedas de prensa ni firman titulares que abren portadas, pero son las piezas que hacen que el engranaje funcione.
Las Luisas estaban cuando llegué y siguieron cuando me fui. A finales de los noventa yo no era muy consciente de la importancia de las Luisas. Ellas eran quienes con un rotulador rojo pintaban en el planillo las páginas que estaban entregadas y las que no, corregían todas las entregas y comentaban la jugada en voz alta en la mesa de la Carretera Amarilla.
Yo, becaria recién llegada, no aspiraba a ser como las Luisas. Yo quería ser como Julia Otero, que era rubia como una de ellas pero más famosa. Pero las Luisas sonaban de fondo todos los días en mi vida. Sus risas con el Carmona, sus ajustes de planillo, sus prisas por cerrar, sus publicidades... Todo eso fue calando en mi débil cerebro de becaria, que en aquel momento no acertaba a comprender que ellas, como muchos otros personajes de la escenografía del periódico, eran quienes más y mejor me estaban enseñando a amar el olor a papel y tinta.
Volví a coincidir con las Luisas casi una década después, después de haber echado en falta a Luisas como ellas en un diario joven sin memoria colectiva. Fue entonces cuando valoré la importancia de que en una redacción haya señoras que llevan toda la vida trabajando allí, conciliando lo irreconciliable. Que hayan visto pasar empresas y directores, becarios guapos y feos, portadas de gloria y algunas para echarse a llorar: tres décadas de historia de un periódico allí sentadas para enseñar a los nuevos a hacer que la maquinaria siga funcionando con naturalidad...
Las Luisas enseñaron a mi hermana, becaria también en otro momento, que la parrilla es tan importante como el resto de las páginas y que la foto no puede ir así si el titular va asao. Fueron para nosotras y para tantas como nosotras el vivo ejemplo de que es posible reconvertirse en un oficio en el que es muy fácil quedarse obsoleto. Nos enseñaron que se puede llegar a los 50 años en una redacción sonriendo a pesar de haberte dejado la vida en ella, disfrutando de tus compañeros, relativizando los malos tiempos, aprovechando la visita de un famoso para pedirle autógrafos y compartiendo los éxitos y las miserias de nuestro día a día.
Las Luisas han sido como el aceite que engrasa una vieja rotativa, aunque muchas veces no nos hayamos dado cuenta.
Pero hay quien se atreve a decir que ser una Luisa ya no es rentable. Menos mal que casi nadie se lo cree.
jueves, 10 de junio de 2010
Luisas
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Precioso. Qué pena lo de las Luisas, sobre todo por lo mal que le han pagado total la vida dedicada a un periódico centenario donde nunca pensé que pasarían estas cosas.
ResponderSuprimirInma, eres casi tan grande como ellas
ResponderSuprimirYo soy Luisa
ResponderSuprimirHoy he dormido tres horas de siesta. Hacía un mes y medio que tenía el sueño alterado. Acaba de pasar un capítulo de mi vida tan amargo como lo fuera el cierre de Diario 16 Andalucía. Sin embargo, en aquella ocasión me pilló jovencito, apenas 24 años, y aún tenía intactas las ganas de comerme ese mundillo periodístico que tan metido estaba ¿y está? en mis venas. Me acerco a los cuarenta y, tras los acontecimientos de los últimos días, la ilusión la tengo perdida.
Perdida porque me quedan 13 años justos para los 50, y cuando alcance esa barrera, alguien dirá por mí que ya no sirvo, por muchas ganas que tenga de trabajar y por muy bien que haga mi trabajo. Y la legislación me dejará desamparado y dirá búsquese otro empleo, como si en éste creciera como setas, y considérese un pañuelo de usar y tirar por parte del empresario de turno.
Y un carajo. Me acordaré entonces de las Luisas y sus lecciones de humildad y dignidad y me declararé en rebeldía para afrontar un futuro, profesional y personal, donde el tiempo pasado nunca fue mejor. Ni vuestras vidas ni la mía ni empezaron ni acabarán en Américo Vespucio. Queda mucho mundo por descubrir. Ojalá en ese momento, cuando me apunten con nombre y apellidos, goce del respeto y la gratitud que vuestros compañeros os profesan. Sólo así me iré tranquilo y podré dormir del tirón tres horas de siesta.
P.D. A todos los que se van, muchísima suerte y vaya por delante mi más sincero abrazo. A los que nos quedamos, muchísima suerte también, nos va a hacer falta.
Juan Rubio
ole, Cárreter.*
ResponderSuprimirInma y Juan Rubio, no se podía haber escrito mejor. Comparto cada una de vuestras palabras. Gracias. La decepción y la tristeza no me dejan reaccionar
ResponderSuprimirSuscribo cada una de las palabras. Yo también las conocí hace diez años en Carretera Amarilla. A los siete años volví y allí seguían. Las tardes no serán lo mismo sin sus risas y las de Carmona, de los pocos que dan las buenas tardes en voz alta al llegar. De mayor quiero ser como ellas, poder seguir trabajando con una sonrisa. Más de uno y una debería aprender de ellas.
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