jueves, 31 de diciembre de 2009

Que se va con la luna de esta noche...

Un arco iris gigante ha vuelto a recibirme al entrar en la sierra esta mañana camino del rito anual de esperar el cambio de año. Es el mismo arco iris de la mañana de Nochebuena, a la misma hora y sobre el mismo paisaje. Un haz de luz multicolor que me estaba esperando.
Me ha parecido una señal.
Porque este 2009, de noticias tan duras para tante gente, ha tenido grandes momentos luminosos. Algunos los he pasado por el filtro de la luna y los he narrado en este espacio: nuestros nuevos bebés, las bodas, la felicidad compartida con los amigos, otra vez la magnitud de la cordillera, el brillo de Buenos Aires... Otros los he guardado en algún rincón de la memoria pero, conociéndome como empiezo a conocerme, seguro que se cuelan por aquí más pronto que tarde.
No pienso quejarme de nada de lo que me ha pasado en 2009. La suerte me bendice y me rodea de luz a pesar de que me haya mudado al lado oscuro, aclarando el camino que recorro y ayudándome a disfrutar de cada día. De las horas de carretera, de las reuniones, de los preparativos y también de los ratos de ocio...
2009 me ha librado del paro, de los disgustos que afligen a medio país, de las malas noticias que me asaltan desde la portada de los periódicos y del dolor. Ha mantenido a mi lado a familiares y amigos y ha incorporado a otros que se suman a los antiguos con la misma naturalidad que pasan las hojas del calendario y los años.
El vértigo del paso del tiempo, esa sensación tan rara de volver a comerte las uvas cuando todavía recuerdas el atragantamiento de hace doce meses, sólo tiene sentido si al registrarte por dentro encuentras la cosecha de un año de bienes en el que, pese a las prisas, hay cosas que se han quedado contigo. Y me faltan colores del poderoso arco iris de esta mañana para contar todas las razones por las que tendré que recordar con agradecimiento este 2009 que se va con la luna de esta noche. Habrá que despedirlo como se merece.

domingo, 20 de diciembre de 2009

La que brilla más que la luna

En el lado oscuro hay cargos públicos que también son personas. Lo descubres cuando les ves esforzándose por sostener una broma día tras día sólo para aliviarte la jornada o cuando te dedican un cuentecillo de Navidad que, sin saberlo, cumple los requisitos luneros de este blog. Cómo estoy poco inspirada y últimamente escribo poco, comparto con vosotros mi regalo:
Ahora a mis 89 años, sin apenas sentir mis oidos, aun resuenan, con la profundidad de la piedra que cae en el pozo, las palabras de aquel entrañable cartujo, Leandro, que un día de Agosto junto a Triana me narró el Misterio de la Flor de Purullena. Ante una jarra de agua fresca me contó que desde una de las cuevas, desde las profundidades de la tierra, de aquel pueblo, surgió una joven. Tan callada que muchos la tenían por muda, y tan preciosa que otros la tenían por la reencarnación de la virgen. Llevaba en sus manos una flor de jara blanca que nunca se marchitaba, y de la que jamás se desprendió.
Por aquellos días andaba de caza por el pueblo un amigo de Benavides, el prefecto de la real villa. Era, nada más y nada menos, el mismísimo Don Miguel de Mañara, que se encaprichó, nada más verla, de la belleza de la muchacha.
Jamás vieron en aquel pueblo más luz que aquella noche. Había luna llena, es cierto, y Sierra Nevada resplandecía más blanca que nunca, pero aquella joven brillaba con luz propia.
Don Miguel no se contuvo y no tardó en acercarse a ella. Entonces la Luna, no se sabe bien si por protección o por celos, arrancó a la joven de los brazos de tan insigne señor, quedando tan sólo en sus manos la flor siempreviva de la jara.
El Señor de Mañara regresó a Sevilla con la pesadumbre de quien deja escapar la belleza, con la melancolía del amor frustrado, y con la duda de aquella misteriosa flor que nunca se marchitaba.
Don Miguel conocía de las artes botánicas de Leandro que no tuvo más respuesta que la de plantarla en un pequeño jardín que el cultivaba junto al Monasterio. Don Miguel se olvidó de la flor, pero mi amigo cartujo quedó cautivo de su misterio.
Días antes de encontrarnos, el abad le prohibió volver a su jardín, ya que sobre el mismo descansarían los restos de aquellos monjes cuyos espíritus no estaban en paz.
Leandro maldijo ese trozo de tierra. Una maldición que castigaba a que las almas en pena no saliesen de ese trozo de la Isla de la Cartuja, hasta que alguien de alma inmaculada arrancase la flor de jara una noche de luna llena.
Quien lo logré ostentará el egregio titulo de la “Niña de Purullena” o lo que es lo mismo “la que brilla más que la Luna”.