Un arco iris gigante ha vuelto a recibirme al entrar en la sierra esta mañana camino del rito anual de esperar el cambio de año. Es el mismo arco iris de la mañana de Nochebuena, a la misma hora y sobre el mismo paisaje. Un haz de luz multicolor que me estaba esperando.
Me ha parecido una señal.
Porque este 2009, de noticias tan duras para tante gente, ha tenido grandes momentos luminosos. Algunos los he pasado por el filtro de la luna y los he narrado en este espacio: nuestros nuevos bebés, las bodas, la felicidad compartida con los amigos, otra vez la magnitud de la cordillera, el brillo de Buenos Aires... Otros los he guardado en algún rincón de la memoria pero, conociéndome como empiezo a conocerme, seguro que se cuelan por aquí más pronto que tarde.
No pienso quejarme de nada de lo que me ha pasado en 2009. La suerte me bendice y me rodea de luz a pesar de que me haya mudado al lado oscuro, aclarando el camino que recorro y ayudándome a disfrutar de cada día. De las horas de carretera, de las reuniones, de los preparativos y también de los ratos de ocio...
2009 me ha librado del paro, de los disgustos que afligen a medio país, de las malas noticias que me asaltan desde la portada de los periódicos y del dolor. Ha mantenido a mi lado a familiares y amigos y ha incorporado a otros que se suman a los antiguos con la misma naturalidad que pasan las hojas del calendario y los años.
El vértigo del paso del tiempo, esa sensación tan rara de volver a comerte las uvas cuando todavía recuerdas el atragantamiento de hace doce meses, sólo tiene sentido si al registrarte por dentro encuentras la cosecha de un año de bienes en el que, pese a las prisas, hay cosas que se han quedado contigo. Y me faltan colores del poderoso arco iris de esta mañana para contar todas las razones por las que tendré que recordar con agradecimiento este 2009 que se va con la luna de esta noche. Habrá que despedirlo como se merece.
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