Noviembre. El título de una película que habla de sueños por realizar. El mes en el que soñaba despierta en mi infancia, cuando el reflejo tembloroso de la llama que alumbraba a los difuntos de mi abuela me dejaba en vela durante toda la madrugada. La mariposa flotando en un arroyo de agua y aceite permanecía encendida durante 30 días en mi dormitorio de la vieja casa familiar, donde habitaban las estampas de nuestros muertos más queridos.
Noviembre es el mes que los niños esperábamos con ansiedad para ir al cementerio de noche. Avanzábamos excitados por la calleja a oscuras, en medio de sombras que murmuraban latinajos y rezos desconocidos para nosotros. Todo era motivo de risa. Los apellidos de las lápidas más antiguas iluminadas por el reflejo de los velones rojos, el susto provocado por uno de los muchachos que se colocaba estratégicamente a la vuelta de alguna esquina o el respingo del más valiente, que metía la cabeza en uno de esos nichos vacíos que esperan a su propietario con su hueco listo para la eternidad. Era una noche en la que la veneración a los antepasados y los familiares perdidos nos servía de excusa para tocar el más allá con la punta de los dedos y hablar de tú a tú con la legión de ex habitantes de la localidad.
Los niños crecimos familiarizados con la cultura de la muerte. Eso viene de antaño, cuando los monaguillos infantiles que iban a pasar toda la madrugada del Día de los Difuntos doblando las campanas desfilaban por las casas pidiendo los 'tosantos' para hacer más llevadera la noche. Los vecinos les daban membrillos, casamientos de higos y nueuces, granadas o dulces, una costumbre no tan distinta de la tradición yanki de la noche de Halloween, definitivamente instalada en esta sierra perdida. Es cierto que ya no doblan las campanas, pero los niños vuelven a ser protagonistas de esta oscura celebración: una legión de adolescentes pintadas de negro poblaban las calles encaladas la otra noche. Los viejos miraban ese carnaval adelantado con satisfacción porque, qué demonios, la americanada ésta ha devuelto a los chicos a los viejos caminos en una madrugada que siempre fue distinta al resto.
"Ahí vengo, de ver a tu padre", comenta en el cementerio un señor muy ufano a otro que se quedó huérfano hace una década. A los muertos se les da estatus de vivos en estos días y los vivos se hacen a la idea de cómo será su estatus de muertos. "Ahí vengo, de ver mi hueco, que lo tengo en propiedad", señala un anciano encorvado que todos los años por estas fechas se asegura de que tiene su sitio asegurado. Los fondos anticrisis de la Junta han hecho que en esta ocasión haya encontrado un camposanto más blanco y florido, remozado y ampliado más allá de la tapia para satisfacción de los lugareños: "Esto está de cinco estrellas... Esto no lo tienen en la mayoría de los pueblos de al lado".
Noviembre es un mes que los bares estrenan haciendo el agosto, ahora incluso con temperaturas veraniegas. Los expatriados vienen en el puente de Todos los Santos a limpiar lápidas, colocar flores y reencontrarse con el resto de la familia que acude por estas fechas a lo mismo que ellos. Luego todos se van y pasan meses sin que nadie visite los mármoles y granitos grabados con los nombres de los suyos. Los coches desfilan sin flores en el camino de regreso bajando la cuesta de la Esperanza, huyendo del invierno que se abre paso con furia. Una luna repleta, demasiado acostumbrada al cielo de verano, observa con perplijidad el bullicio de las nubes haciendo mudanza y el silbido helado del viento mientras los niños corren a por el abrigo y las madres les avisan de que ya se han ido los forasteros y, como no se recojan pronto, se las tendrán que ver con las ánimas que andan sueltas.
Qué bonito. Me gusta la palabra ánimas. Bibi, hoy escribo yo antes que tú...y de paso hago un llamamiento a la Cárreter para que limpie tu nombre de toda relación con la gripe A que pueda estigmatizarte.
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