El día que me enteré que iba a abrir un periódico que se iba a llamar La Opinión de Granada lloré mucho. El proyecto iba a ser encabezado por el que hasta entonces había sido mi jefe, que abandonaba mi redacción para dirigir el nuevo diario. Hubo unos aviones que volaron las Torres Gemelas, el papel en encareció y la apertura del periódico se demoró, aunque terminó por abrirse paso en medio de la jungla mediática, con otro director y con otra redacción. Hace 2.182 días que está en la calle, pero a esta hora se cierran las páginas del número 2.183, el último. Otra crisis, la de ahora, la crisis que agrava la crisis de la prensa, se lo ha llevado por delante.
¿Qué estará pasando a esta hora en esa redacción? ¿Cómo se escribe el último editorial? ¿Cómo se entrega la última página en cierre? ¿Serán noticia de su periódico estos trabajadores despedidos?
No sé el número de periodistas que han caído ya en los últimos tiempos, pero el cierre de La Opinión de Granada es mucho más. Cuando una rotativa se para y las furgonetas del reparto dejan de funcionar, perdemos todos. Los que se quedan en la calle, los que mantienen el empleo pero que saben cotizan menos en un mercado en el que sobran buenos profesionales, los lectores de las recetas de cocina y los de las crónicas de fútbol y la sociedad granadina en general, que a partir de mañana tendrá menos opiniones que contrastar. Será una sociedad más pobre, por poco que pueda llegar a enriquecerla en determinados momentos un periódico pequeño y herido por la falta de recursos.
Me tengo que poner políticamente incorrecta irremediablemente y acusar a la sociedad, ésa que digo que sale perdiendo, de ser corresponsable de lo ocurrido. A la granadina porque hablamos de La Opinión, pero creo que es un mal generalizado en un mundo en el que se extienden como una mancha de aceite los lugares comunes y falta el interés por la crítica, la reflexión y las ideas. Ocurre a veces que el flash del momento y la noticia rápida consumida de forma atropellada nos sacian sin necesidad de ir más allá. Ahora que tenemos más derechos que los que nunca tuvo el ser humano en toda su historia, cada vez nos preguntamos menos cosas y cada vez nos conformamos con respuestas más simples. Y una sociedad que no busca respuestas se aleja poco a poco de los kioscos, se ciega con la mancha del titular de la web y cada vez se detiene menos tiempo en la letra pequeña.
Y claro que también tienen culpa la crisis publicitaria, las empresas periódisticas que no logran la fórmula para captar nuevos lectores, los periodistas que pierden el oído de lo que dice la calle, lo caro que está el papel, la precariedad de la profesión, los intereses cruzados... Claro que sí, pero ninguno de esos males sería letal si cada vez fuesen más los que se hacen preguntas. Las respuestas no seguirían oliendo a tinta ni envolviendo el pescado, pero cada vez serían más los interesados en saber qué, dónde, cuándo, cómo y todos los porqués que hay detrás de lo que ocurre a diario. Ahora que el periodismo es más necesario que nunca, es desolador ver cómo pierde espacio.
Estoy desolado, compañera. Y desolado me voy a la cama, con el berrinche de un niño chico. Espero resucitar mañana con rabia, o pasado, o cuando sea, para gritar -gritarnos-, aparte de todo lo que tú has dicho, que es el evangelio, qué coño hacemos los periodistas por nosotros mismos, por defender lo que amamos. Demasiado poco, me temo. Las cosas no cambian solas. Los cambios se luchan. Y aquí el que más y el que menos se limita a mirar para otro lado.*
ResponderSuprimirMierda¡¡¡ Mi berrinche empieza hoy. Me acosté tan temprano que no conocía la noticia.
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