Una media de cuatro notas de prensa al día pasan por mi correo electrónico para que les dé el OK y se active un botón que empieza a esparcirlas a lo largo y ancho del espacio mediático. Recopilamos la información, la ordenamos, redactamos la nota, la enviamos y el proceso cobra sentido al día siguiente cuando --con cierto estupor, tengo que reconocerlo-- leo párrafos enteros de ese comunicado en las páginas manchadas de tinta de muchos rotativos.
A esa hora de la mañana es cuando empieza a tambalearse casi todo a mi alrededor. Porque aunque nada de lo publicado es mentira ni nada es exagerado ni manipulado (palabrita, que lo máximo que hago es redondear decimales) son muy pocos los que han dudado al menos por un minuto de lo que enviamos bajo un membrete oficial. Y son muy pocos los que tienen el suficiente respeto por el lector como para cortar y pegar la nota al completo añadiendo después un "según informó" tal institución o algo por estilo que le salve honrosamente del trance de reproducir un texto ajeno.
Pero no. Resulta que nunca como en el lado oscuro mis escritos han tenido tanta audiencia. Justo cuando no vivo en una redacción, todo lo que sale de mi teclado se publica en los periódicos reproducido al milímetro, sin que nadie me cuestione. Triunfo a la vez en cabeceras que incluso se hacen la competencia. Eso sí, no sale mi firma ni la de mis compañeros autores de las notas de prensa de cada día sino la de atrevidos redactores que estampan su nombre en una información elaborada desde fuera por una parte muy interesada en esa noticia. ¡Es que hay veces que en el periódico se reproduce hasta el orden del comunicado oficial!
No me estoy burlando del trabajo de algunos compañeros de prensa, lo mío de hoy es un lamento otoñal, ahora que por fin llueve y nadie me puede acusar de chafarles el ánimo veraniego con monsergas periodísticas. Lo que me entristece es comprobar que eso pasa todos los días en las redacciones de cabeceras líderes, de diarios muy leídos y que se suponen que marcan el paso de la información y que generan corrientes de opinión en su ámbito de influencia. Quizá sea porque no hay quien haga los deberes y se pregunte cómo puede contar mejor esa historia o quizá el problema está en que nadie ha tenido tiempo para explicárselo a los becarios mal pagados que se están dejando la salud delante del ordenador para tener la oportunidad de ser contratados algún día. No lo sé. ¿Se harán esta pregunta los jefes de recursos humanos cuando meten la tijera y se quitan de encima las nóminas más abultadas? Tampoco lo sé.
Sólo sé que hay tormenta y que no sabemos cuándo escampará. ¿Qué será de esta profesión cuando deje de llover? Seguiremos informando.
Ni una coma que añadir, compañera.*
ResponderSuprimirTotalmente de acuerdo. Y busco explicaciones: será que en las escuelas de periodismo del día a día, en esas en las que se fabrican los periódicos con más pena que gloria, se echa de menos precisamente a algunas de esas profesionales que ahora están en el "lado oscuro". Faltan maestras como tú, faltan alumnos, y sobran prisas, inercias y pragmatismo.
ResponderSuprimirPollo, yo no soy maestra, aunque sí un poco traidora. No tengo demasiado derecho a quejarme de cómo se hacen los periódicos cuando me he pasado al lado de los malos. ¿Pero por qué nos pasamos al lado de los malos de vez en cuándo? Esa es otra pregunta que me tengo que responder.
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