sábado, 29 de agosto de 2009

Sueños de colores, muy cerca de la luna




Alejandro tiene 23 años. Su tía le mandó a por carne y él, de vuelta de hacer el recado, paró un rato en la oficina de turismo de su pueblo, Tilcara, para visitar a la señora que atiende a los pasajeros. Quiere ser guía de la quebrada de Humahuaca, en el altiplano argentino, tan cerca de Bolivia y de Perú geográfica y culturalmente que deberían sellar los pasaportes al pasar a la zona. "Tengo a alguien que les puede acompañar", nos dijo la encargada detrás del mostrador. Él esperaba prudente en un rincón de la habitación hasta que todas las miradas apuntaron a su esquina. "No sé por cuánto. ¿Veinticinco pesos les parece mucho". Claro que no. Y lo subimos a nuestro coche.


No sé si Alejandro fue alguna vez uno de esos niños que aguardan al lado del cartel de "bienvenidos" de los pueblos para ofrecerse a recitar poemas, cantar canciones y guiarte por las calles de adobe y las rocas de colores de esa cara de los Andes. Los chicos, desde muy pequeños, se acostumbran a asaltar a los turistas con sus sonrisas y con todo lo que les enseñan en la escuela en una comarca en la que, pese a la lejanía con la sociedad occidental, los niveles de escolarización son altos y las aulas están llenas de chavales. Alejandro dice que la municipalidad ha elaborado folletos para pedirle a los pasajeros que no den monedas a los niños, advirtiéndoles de que como se acostumbren al dinero fácil no irán a clase y no tendrán futuro.


Él vive con su tía en una calle empinada, a los pies del cerro morado, muy cerca del sol a esta hora de la mañana. Detrás de esa colosal montaña se crío su abuelo, en un valle inhabitable del que salía en mula alguna que otra vez para pasar temporadas en Salinas Grandes al otro lado de su residencia. Tardaba semanas en hacer su recorrido. Alejandro nos cuenta la historia de su familia para demostrarnos que él es de allí y que está legitimado para aspirar a ser un buen guía. Por eso agarra el colectivo todos los días para ir a Humahuaca a la escuela de turismo y por eso se despidió de sus padres en Buenos Aires, adonde se mudaron en busca de oportunidades, y volvió al lugar de sus mayores. En la capital federal se dejó las clases piano en el conservatorio muy a su pesar, porque además del turismo su otra pasión es la música.


Él es de "los lobos", la sufrida afición del Gimnástico de Jujuy, que en esta temporada compite en la segunda categoría pero que sube a primera de vez en cuando. Mejor que el equipo de Salta, que lleva en tercera no sé cuántos años. Salta y Jujuy, provincias unidas en la información turística de Argentina, rivalizan en todo. Alejandro tiene clara cuál es la verdadera razón del desencuentro: "Nos robaron la quebrada".


La quebrada de Humahuaca encadena sorprendentes formaciones montañosas que arrancan en Volcán, en la provincia de Salta, y mueren en la de Jujuy en un recorrido perlado de pueblos de polvo y gente entrañable arraigada a la tierra, a la Madre Tierra que en estos días veneran en la Pachamama, a la cultura inca y a los usos católicos. En el día a día se utilizan palabras sueltas del quechua y también se rinde culto a los santos. "Señorita, no va a esperar a San Francisco. Sale todos los días a las doce a bendecir al pueblo, señorita", me insistía una vendedora que minutos antes me había explicado que ella no le tiene apego a la Iglesia.


En Tilcara no hay boliches, pero Alejandro lo pasa bien. La noche anterior había estado en la calle hasta las tres con sus amigos bebiendo cerveza muy cerca de la luna, a más de tres mil metros de altitud. "La Norte es mucho mejor que la Salta y que la Quilmes, es la nuestra", recita mientras sonríe. Tiene una dentadura perfecta encajada en facciones en las que es difícil averiguar herencia europea. A él le gustaría conocer Europa, sobre todo ahora que le cuento que en Sevilla también hay Semana Santa. La de Tilcara es famosa porque llevan a la virgen por un camino de piedras hasta lo alto de la montaña. Una banda de música la acompaña con tambores e instrumentos de madera de cardón en medio de la expectación generalizada.

No terminamos el recorrido juntos. Sé que estaba a gusto con nosotros, pero estaría mejor encontrándose con sus amigos antes de que el viento frío de por las noches empezase a congelarles el ánimo. "Ahí no vayan a comer que le cobran diez pesos por la cerveza", nos alertó antes de avanzar calle abajo con sus sueños. Y yo imaginé para él un futuro de colores, con tanta variedad cromática como la del paisaje en el que creció y del que entiendo que no quiera separarse.

2 comentarios:

  1. qué bonita historia, Inmita. Con minúsculas, que es de la que se nutre la otra, la que sale en los libros. Gracias.*

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  2. no me habías hablado de esto!!!

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