
Me he reconciliado con la fauna local. No me refiero a familiares, parientes y amigos de la localidad, sino a los bichos patrios; fundamentalmente, vacas y hormigas.
Y digo fauna local porque no es lo mismo una hormiga de campo que una de ciudad. No es lo mismo que miles de microscópicos animalitos, escurridizos y repugnantes, acudan al plato reseco de la cena de la noche anterior que un ejército de disciplinadas criaturas del Señor, grandes y musculadas por el ejercicio físico, hagan acopio de víveres para el invierno y lo trasladen a las galerías subterráneas que, con esfuerzo, han construido en medio de un ambiente hostil.
Porque las hormigas de mi campo tienen mucho mérito. Ayer las vi trasladando las cáscaras de mi puñado de pipas al menos a 300 metros del punto donde yo las había dejado. Les seguí el rastro y llegué a su fortaleza, auténticas ciudadelas edificadas en una cerca que comparten con una veintena de vacas y con las mierdas que éstas, de forma caprichosa, depositan donde les viene en gana. Mientras las vacas rumian y mugen alguna que otra queja por el calor, la falta de pasto o vete tú a saber qué les pasa, las hormigas levantan murallas gigantes en su escala, diseñan autovías y carreteras secundarias y cumplen escrupulosamente un plan de trabajo intenso que en ocasiones, y por eso digo que tienen mucho mérito, destroza en pedazos la pezuña de una vaca perezosa que se traslada pesada buscando una sombra. Es una convivencia desigual de la que las pequeñas salen milagrosamente airosas en la mayoría de las ocasiones.
Hay algo peor: ¿y si después de transportar la pipa de forma coordinada y precisa resulta que esa cascarita no es del agrado de la hormiga reina? Me la imagino sentada en su trono dorado y gritando en su despacho al descubrir con decepción el resto de pipa deshilachado y me imagino la cara de las miles de hormigas trabajadoras, que llevan horas encadenando posturas raras para llevar a casa el codiciado alimento y sólo reciben como recompensa el gesto de desaprobación de la que manda. Todo eso bajo tierra, sin atisbar la luz del sol ni de la luna, en un submundo superpoblado en el que, por muy tonta que sea, cada hormiga sabe que su vida vale más bien poco.
Por eso hoy estoy dispuesta a facilitarles la tarea para que hagan su agosto con un poco menos de desgaste. Voy a dejarles un puñadito de pipas a las puertas de cada uno de los grandes hormigueros que he localizado, a ver si hoy les da tiempo a descansar un rato y logro desestresarlas. Me apetece jugar a ser una diosa benefactora de las hormigas, pisoteadas durante siglos por todas las especies, incluida la suya.
Ay, si algún ser superior hiciese esto por los humanos, cuántas horas frente al ordenador nos ahorraría.
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