martes, 25 de agosto de 2009

Buenos Aires: café y medias lunas


Café y medias lunas. "No hay desayuno más porteño", me dijeron el primer día. ¿Manteca o grasa? Manteca. Y a esperar en la terraza del Miranda, en una esquina reluciente de Palermo Hollywood, al otro lado de las vías del tren donde está Palermo Soho. Dos minidistritos de Palermo Viejo, parte de ese gran barrio de Palermo que ocupa un buen trozo de mi mapa de la ciudad. Tantos restaurantes, tantos boliches que no duermen, tantas tiendas que se desperezan a las doce del mediodía, tanto diseño… Pero sí, estoy en Buenos Aires: un colectivo desvencijado acaba de echarse encima de un taxista que ilustraba con alguna gran disgresión a su pasajero.

En los aledaños de Florida los ejecutivos se enfundan el abrigo y la bufanda para protegerse del frío, pese a que el invierno está en retirada y luce el sol hasta pasadas las seis de la tarde. Corren a prisa para llegar a algún lugar. ¿Cuántos se dirigirán a la sesión con el terapeuta? En la Avenida de Mayo agarran el subte --que cogerlo es una ordinariez-- igual que otros lo hacen en Callao o Corrientes. Los neones que parpadean en la gran arteria de los cines, las librerías y los teatros colorean de una luz amarillenta las fachadas de la vieja ciudad. Son letras escritas con una tipografía de otro tiempo, con fotos de señores disfrazadas de señoras que anuncian la revista de moda y con filas enormes para recoger los boletos antes de la actuación. Muy cerca de donde late el corazón del espectáculo, unos viejitos bailan tango en la planta alta de la La Ideal. Desde principios del siglo XX llevan ahí esos tapetes rojos y esas lámparas decadentes que iluminan los pasos acompasados de la pareja octogenaria. Un frasco de lavamanos sin agua les espera en su mesa para prevenir la pandemia. Por las dudas. Una mujer madura es alertada por la mirada de un bailarín al otro lado del salón. La saca a bailar. Pegan sus mejillas sin miedo a los contagios y entrelazan sus piernas. Si, claro que es Buenos Aires.

Los familiares de los caídos en las Malvinas pueden viajar a las islas cuando quieran, sin límite de pasajeros. Lo dice el periódico bien claro. La Presidencia de la Nación lo sufraga. Cristina –además de ser Cristina a secas en los grandes titulares de Clarín, periódico afín hasta que se interpuso la guerra del fútbol; ¿os suena?-- no es presidenta de la República ni del Gobierno, lo es de la nación. De la patria de la primavera, que decía Sabina. Preside una nación que camina hacia su Bicentenario y que coloca banderas en todas las plazas y en todas las veredas. Celeste y blanca, como su cielo en agosto. Todas las tardes, en Retiro, se le rinde culto a la enseña nacional delante de los nombres de los héroes del absurdo de las Malvinas. “Mirá, las Malvinas y Maradona son sagrados en este país”. Cuatro soldados desfilan cuando empieza a ponerse el sol. Alguien da la señal y la bandera, que ha salido indemne de todos los avatares de la historia argentina, empieza a descender. Los uniformes de los jóvenes maestros de ceremonias tienen muchos lavados. A uno de ellos se le quedó pequeño hace tiempo. Buenos Aires.
Alfajor grandote: Probalo
Esta noche hay fiesta en un pequeño bar de la Boca. El bolso se queda en casa y los bolsillos van vacíos. Unas chicas italianas se encargan de organizar el convite en el humilde local, del que se sirve su ONG para articular la vida del deprimido barrio de pescadores, en la orilla del Riachuelo, ese cauce pestilente y poblado de envases vacíos y de recuerdos añejos como la canción que lo hizo famoso. “Los Pibes del playón” es la organización que está detrás de la producción de alfajores de las mujeres del barrio, que sirve de merienda para los que siguen siendo niños y que se venden para dinamizar esas calles. Todas miran a la Bombonera y sobreviven evocando la gloria de Diego en esa cancha amarilla y azul. “No sabés el logro que es para vos haber llegado hasta aquí”, me dice una porteña que esta noche viaja a sus veinte años, cuando con los chicos de la universidad daba clases de apoyo mucho más allá del barullo de Caminito, en los peligros de la Boca. Hoy, una joven italiana da a conocer con voz dulce el folcklore del sur de Italia. "Mirá vos, aquí en la Boca". Dos cuadras más allá malvive mucha gente en uno de los conventillos donde se alojaban los inmigrantes italianos cuando llegaban al nuevo mundo procedentes de una Europa hostil. Buenos Aires es mucho de todos ellos.
Buenos Aires. Pasado, presente y futuro. La nieta venida a menos de unos abuelos ricos que sigue viviendo en la vieja mansión familiar. Que conserva como puede su arquitectura, el gusto por la cultura y la educación, las confiterías con dulces de nombre europeo y una red de metro pionera en toda América Latina. Ni los autos ni los celulares están a la última, pero el diseño y la creatividad pueblan las anchas y gigantes avenidas, tiendas de nombres sugerentes que compiten con las copas de los paraisos y las plataneras por la captar la atención del visitante desprevenido.
Buenos Aires. Una enorme cuadrícula en la que no todos caben. La clase media se lamenta de que ya no hay clase media, a pesar de que miles de porteños tienen oportunidad de pasar el día del libertador San Martín en el delta del Tigre, pueden disfrutar de una buena parrilla en el Día del Niño y abarrotar los teatros un domingo por la tarde. Pero es cierto que un paseo por el conurbano pulveriza la esperanza de que ésta es otra América Latina, por mucho qe la sanidad sea gratis y por mucho que el presidente Sarmiento universalizase la educación: junto a las lujosas urbanizaciones amuralladas, los countries, se levantan las villas en las que viven miles de ciudadanos sin derechos. Los descamisados de hoy. Muchos vienen del norte del país o de Bolivia o Perú. Con suerte están llamados a alistarse a las legiones de cartoneros toman la ciudad de madrugada y permiten el reciclaje del 10% del papel que desecha la gran capital americana. Para facilitarles el trabajo, no hay contenedores y el alcalde hasta les ha proporcionado uniformes. La pobreza legitimada. Al menos las alarmas están funcionando porque el debate está abierto en las portadas de los periódicos y en las charlas nocturnas con fernet. Al menos a la presidenta le obligan a explicar en el Congreso por qué existe tanta distancia entre ricos y pobres, sin eufemismos; por qué su patrimonio y el de su marido ha aumentado en los últimos tiempos, por qué hay policías corruptos y por qué las estadísticas oficiales siguen sin ser fiables. Sí, mucho de esto Buenos Aires.

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