viernes, 20 de enero de 2012

En el número 15, 1º C

May fue la que hizo la primera incursión. Inspeccionó los espacios, los ocupados y los posibles, y dejó todo enchufado y en funcionamiento. Se encargó del avituallamiento de productos básicos para una temporada pero, en previsión, me elaboró un mapa de la zona con los puntos que garantizarían mi subsistencia futura.

Situada cada cosa en su sitio, Carlota (en su séptimo mes de gestación) permitió a Bibi que se ocupara al poco tiempo de las labores de refino. Le encontró un lugar discreto a la escalera, convirtió los flexos en versátiles focos de luz indirecta, llenó la puerta de la nevera de nuestras vidas y escondió, aún no sé dónde, unas yerbas de color naranja que algún inquilino anterior tuvo a bien colocar en medio del salón.

La reordenación definitiva tardó poco. Se produjo cuando papá y mamá decidieron que la mesa grande debería estar al lado del balcón y que la plegable podría hacer arriba una buena función. Para eventuales visitas, habría que bajar dos sillas rojas, complemento de las dos negras, que quedarían estratégicamente instaladas al lado del sofá.

El sofá. Ahí fue donde durmieron más de una vez los diegos sin quejarse. Noches completas con despertador, siestas completas con babas y alguna que otra cabezada imprevista, bien arropaditos con la manta naranja que, no sé cómo, daba para que cubrir el frío de tres. La tercera a menudo era Esperanza, titular honorífica del futón durante unos días en los que consideró oportuno que dispusiéramos del bote más grande del mundo de jabón de manos rosa. He de decir que nos libró de gérmenes todo el año.

Se ve que compartía preocupación por el baño con Marta, que se pasó una mañana entera entregada a su remozado: cortinas y alfombra nuevas y, sobre todo, lejía, mucha lejía. Me dejó bayetas y guantes para los meses siguientes, por supuesto, con la explicación del modo de empleo. Normas sencillas y claras, fáciles de aplicar para momentos de dejadez extrema.

Empeñado en que el aseo rozase la perfección, el Lozano se aplicó a la silicona para pegar definitivamente la rejilla de ventilación. La humedad lo hizo imposible, y eso que el otro Diego sumó varios centímetros (de altura, claro) a la tarea. Éste, adivinándose beneficiario de un piquito de la manta naranja, hizo una noche sin rechistar mis deberes de inglés. “Make a cup of tea”, era la cosa. Se lo tuve que confesar a Paras el día que me pidió miel, honey, para desayunar. Y yo la tenía. La había comprado Bibi, claro.

Porque no eran horas, porque en otro momento le podía haber ofrecido el whisky que dejaron en la estantería Mar, Sandra (con Paula aún en ella) y Ramón o uno de los vinos aportados a la causa por Isabel. No me acordé, es cierto, de los bombones suizos de la visita de Ben y Seb ni de los litros de helado que seguían esperando en el congelador, uno de los tantos excesos de Ricardo. Al jamón lo miré de lejos, como siempre, porque ésa era una tarea reservada para Pepe y Mariló, el Pérez y Eduardo, todos ellos competentes en la cosa ibérica y responsables en la toma de decisiones sobre cuestiones tan técnicos como cuándo darle la vuelta a la pata.

Las aportaciones culturales llevaron siempre la firma de Elisa (mecenas de la pequeña biblioteca montada en el armario de las toallas) y de mi hermana Ana, que pobló los rincones de revistas y carátulas raras. Serían indies, o algo. Aunque desde la primera escala de Erika, cuyo corazón colgó siempre de la escalera, yo fui más oriental que otra cosa gracias al 'Cuaderno de ejercicios para un tener un espíritu zen en un mundo convulso' con el que quiso equilibrar mi existencia.

Y un domingo por la noche me encontré en la mesita baja una mariquita, legado de su segunda escala con Manolo y, una mañana, en la mesa alta, el búho de Almudena y Diego. Estaba en el mismo sitio en el que Edu y José (que vinieron con Laura y Edu, claro) me dejaron una agenda de 2012 con las fechas de sus cumpleaños. Y ahora que lo pienso se me olvidó preguntar a los niños si Papá Noel había depositado los regalos dentro de la cesta de pesca habilitada en el balcón para los botellines. Soluciones Esperanza.

Para envidia de mis amigas, Martín pernoctó una vez. Por casualidad, es cierto, y también es verdad que quiso regresar con Mónica. Como las amigas de May, que fueron reincidentes. Las de Meme sólo descansaron un poco en el sofá, pero ella sí volvió para convencerse de las bondades del futón de las que tanto había oído hablar, incluso a las amigas de Mar.

Avisados estáis todos de que, en unos días, cerraré para siempre la puerta que una madrugada fría de noviembre abrí por primera vez, arrastrando mi edredón en la maleta. Y no sé por qué pero, pese al surrealismo de la escena, ese día ya supe que entre todos haríamos de este sitio algo parecido a un hogar. Perdón, a un hostal quería decir.

PD: Las sábanas en las que habéis dormido siguen estando a seis euros en el Rastro. Lavan muy bien... Ésa ha sido vuestra suerte.

jueves, 20 de octubre de 2011

Alicia

“Estoy tan emocionada. Ha sido mi padre, sentado en su sofá y ya jubilado, quien me ha dado la noticia del fin de ETA”. Ha sido su héroe, como ella siempre dice, quien le ha contado -sereno, con un punto de desconfianza pero muy feliz- la noticia que siempre esperaron. “Esta noche va a dormir tranquila por fin mucha gente”, ha sido la reflexión.
Es su héroe porque la educó sin miedo en un cuartel de la Guardia Civil de Irún. Allí prestó servicio su padre desde 1970 hasta 2003, cuando se jubiló y regresó a su Granada natal, el lugar al que había obligado a volver a sus tres hijos cuando fueron cumpliendo 18 años. “Tomó una decisión dura y muy inteligente porque siempre supo que si estudiábamos la carrera allí, nos habríamos quedado y siempre habríamos vivido amenazados”. Uno por uno, los tres hijos se fueron a estudiar a casa de los abuelos contra su voluntad. El matrimonio se sacrificó y permaneció en el cuartel hasta completar del todo la hoja de servicios. “Nos rebelamos contra mi padre, no lo podíamos entender. Pero años después, cuando ya éramos adultos y pudimos hablar de esto, todos juntos en casa, le dimos las gracias”. Les había salvado.
Es su héroe porque cuenta muchos muertos entre sus compañeros, muchos entierros, pero siempre evitó que sus hijos sufrieran por eso. Un héroe que se sentaba en las cafeterías siempre de espaldas a la pared, mirando a la puerta, sin que eso fuese perceptible a esos niños que, con sangre andaluza, eran vascos, criados en el País Vasco, con amigos vascos. Un héroe que no les inculcó el odio ni el revanchismo ni la desconfianza y les mantuvo alejados del dolor.
Es su héroe porque les hizo libres con su ejemplo, con sus valores, los que inculcó en el único varón de la familia, que se hizo guardia civil y prestó servicio cuatro años en Intxaurrondo, y en ella, que se negaba a cumplir con la consigna que se les daba a los hijos de los agentes. “Nos decían que contásemos en el colegio que nuestro padre trabajaba en Renfe. ¿Pero cómo iba yo a negar a mi padre, que era lo que yo más admiraba? No lo podía entender”. Empezó a tomar conciencia del mundo en el que vivía siendo adolescente, cuando se negaba a responder con mentiras a las preguntas amenazantes de algunos compañeros sobre la profesión de su padre. “Una vez uno me increpó y me dijo que sabía que era ‘picoleta’. Quería amedrentarme, pero no me callé. Le invité a tomar un café y hablamos de todo. Desde entonces me respetó”. Provocó el rechazo de quienes se protegían del terror renunciando a la verdad. Un día descubrió que una amiga le ocultaba que era hija de un policía: “¿Pero por qué no me cuentas a mí la verdad, si soy como tú?”, le afeó desconcertada. “Porque tengo miedo a que me descubras”, fue su respuesta. Y claro que la entendió.
Es su héroe porque le preguntaba con disimulo los nombres y apellidos de sus compañeras, de las niñas con las que salía, de los chicos con los que tonteaba, llevando una vida normal en un entorno que hoy sabe que no era normal. Él vino a casa una noche dispuesto a hablar con ella. Le quería contar con tranquilidad y para que ella lo entendiera que él había participado de la detención por su vinculación con ETA al padre de una de sus amigas.
Es su héroe porque montó a toda su familia en un coche para viajar de Granada a Irún en cuanto recibió la llamada en la que le informaron de que habían puesto una bomba en su cuartel. Ellos, por suerte, estaban de vacaciones. Afortunadamente no murió nadie. Pero corrió a estar con los suyos y enseño a sus hijos que había que estar en esos momentos con los suyos, a levantar los escombros de sus casas destrozadas, a dar la cara en las concentraciones en tiempos en los que nadie se retrataba.
Mi amiga Alicia, de la que me despedí llorando a lágrima viva hace hoy un año después de seis meses trabajando juntas, llegó a mi vida como un torrente de alegría, de aire fresco, de autenticidad. Había días en los que sentía que no era capaz de afrontar determinadas cosas y siempre terminaba sorprendiéndose a si misma y, en tono jocoso, comentaba: “¿Pero si yo he sobrevivido a un atentado en mi cuartel? ¿Cómo no voy a poder yo con esto?”. Luego me enteré por su marido que realmente ella no estaba en el cuartel ese día y siempre utilicé su exageración para glosar su carácter excesivo, su visceralidad sin medida. Luego, en muchas conversaciones de este año, fui descubriendo los detalles de esa vida tan distinta a la mía y tan parecida a la de tantos vascos como ella. Una historia de héroes, como el padre guardia civil y, claro que sí, supervivientes como ella. Por eso hoy, otra vez en 20-O, tenemos que reconocer que hemos vuelto a llorar juntas.

domingo, 1 de mayo de 2011

Mancebos

He tenido que conducir dos horas bajo la lluvia para poder responderte. Porque me dijiste que la tuya es una generación perdida de periodistas. “Es como empeñarse en trabajar en Astilleros”, me comentaste al otro lado del teléfono, evocando quizá una de las imágenes más potentes de tu infancia, quizá ésas que te llevaron a hacerte preguntas y querer entender para poder contar.

Tuve que reencontrarme con el olor a tierra mojada de siempre y la gama de verdes de mi carretera para volver a verlo todo claro: la tuya no puede ser una profesión en extinción. No lo es. Hoy más que nunca la gente quiere que les cuenten qué pasa, y que se lo expliquen, y que les den todos los puntos de vista, y que haya profesionales que vayan mucho más allá que ellos al encontrar noticias, al analizarlas y al hacerlas públicas. En una sociedad con exceso de comunicación, con redes que escupen información sin masticar ni confirmar, claro que sigue siendo necesaria tu generación de periodistas, gente como tú, que se hace cientos de preguntas mientras agita los dedos con cierto nerviosismo minutos antes de empezar a escribir. Gente que sabe la fuente a la que acudir, que pregunta en la calle aunque le miren mal y que repregunta si le devuelven con un silencio provocador. Gente que llama y rellama hasta que confirma, incluso jugándose la vida al lado de una montaña de papeles y vasos vacíos de café que amenaza con derrumbarse a la hora en la que hay que pensar en cerrar.

Los puestos de trabajo destruidos en Astilleros cambiaron los sueños y el futuro de miles de familias, la economía de una ciudad, lo sabes bien; pero también sabes que detrás del empleo que ahora defiendes están en juego muchas más cosas. El derecho de la sociedad a estar informada de forma rigurosa y veraz por profesionales experimentados, la vocación de los medios de comunicación de contribuir al pluralismo político, la obligación de salvaguardar la democracia generando opinión pública… Quizá de tanto sobar estas palabras se nos pase por alto que son absolutamente ciertas, absolutamente necesarias ahora que está en crisis todo, también nuestros valores.

“Bueno, pues termina pronto y vete a casa”, te aconsejé. “Claro, si al fin al cabo esto no es todo, aunque le dediquemos tanto tiempo”, repusiste. Pues sí. Te vi llegar siendo un becario callado y discreto, pero de ojos bien abiertos. Vi como te cambiaron el nombre, al poco de habérmelo cambiado a mí. Vi reflejada en tu cara la emoción de poner en marcha un periódico, un proyecto maravilloso en el que creer, con maestros con los que crecer. Te vi enamorarte en una redacción, coquetear al lado de la bombona de agua donde curabas las resacas de las lunas de tus veintitantos. Te vi aplaudir en tu boda a las seis de la tarde, rodeado de compañeros de todas esas redacciones por las que habías pasado y de otras en las que eras respetado, y comprendí lo mucho que este oficio te ha dado. Y ahora sé que todo eso sólo es el prólogo.

Porque tienes treinta años y en tus dedos, tan adiestrados como están para teclear todo lo que bulle en tu cabeza, aguardan miles de noticias por contar. No sé dónde ni cómo lo harás, pero sé que tendrás que hacerlo. Admito con nostalgia y resignación que hay figuras del viejo periodismo, ése que fue tu escuela, que ya no volverán, pero proclamo con total convicción que tú, y todos los Mancebos como tú, seguís siendo imprescindibles.

sábado, 8 de enero de 2011

sábado, 30 de octubre de 2010

Me quedo

Me quedo con el rumor de nuestras carcajadas de madrugada cuadrando datos, con la bola de risa retenida en el estómago en cientos de reuniones imposibles, con la armonía del "hola, buenos días", con la monotonía del "no ha estado muy mal, ¿no?", con el desayuno en pandilla, con los protocolos laborales de chiste, con el club de los horrores, con los lunes de acostarse tarde porque el martes hay Consejo, y con los miércoles porque hay pleno y con los jueves porque el viernes nos vamos.
Me quedo en Santa Fe, para recuperar la operación rescate de los piononos. En Motril, para volver a ser una traviesa polivalente. En Doña Mencía, para saborear de nuevo un Colajet. En Huelva, para insistir en despegarle la pegatina. En Málaga, para buscar zapatos en la calle Larios. En Almería, para probar de nuevo todos los sofás. En Jaén, para descubrir la utilidad de la blackberry. En Córdoba, para intentar posar mejor en la foto mientras me hundo en el fango. En Cádiz, para dormir la siesta en el peaje. En Granada siempre, para volver al surrealismo mágico de aquel día en el que todo nos salió mal, por fortuna.
Me quedo con un gato dando vueltas por el gabinete, con un busto escondido bajo el chaquetón y con un papel por el que todos daríamos la vida para que apareciese. Me quedo con la mortadela y el queso que degusté algún viernes, con las almendras y las patatas rancias de ese cumpleaños y con los caramelos de la madrugada de marras. Me quedo petrificada al recordar el salmón con cebolla, el numerito de la muose de limón, los montaditos pringosos de jamón y queso y la refrigeración siempre inoportuna de la sala.
Me quedo sin saber por dónde van los corredores ferroviarios y cuáles son los que sirven sólo para mercancías. Me quedo sin mis botas de agua, que siguen en el coche. Me quedo sin cumplir mil promesas, sin conceder tantas entrevistas y responder a tantas preguntas. Me quedo sin enterarme de los tipos de VPO ni de lo que es un barrado. Me quedo sin haber ordenado el escritorio y sin haber estrenado la base de datos diseñada en exclusiva para mí.
Quiero que sepáis y os diré que... Me quedo con todo lo bueno de esta etapa que cerramos, porque supera con creces lo menos bueno que nos ha pasado. Me quedo con la luz del lado oscuro que ha iluminado el camino que hemos recorrido juntos. Mis doce rosas blancas. Me quedo con todos vosotros.

domingo, 10 de octubre de 2010

Lo bueno y lo bonito

Hay una lengua en la que lo bueno y lo bonito se expresa con la misma palabra. Ese idioma le conquistó y, según contó el lunes pasado en Granada, fue la primera razón que le hizo plantearse que estar allí merecía la pena. Y porque estaba allí escribió un libro, y no al revés, aunque la entrega y profesionalidad con la que se dedicó a esta tarea harían pensar, ahora que tenemos su trabajo entre las manos, que la huella de Federico García Lorca fue la que desde el principio guió su camino.

Pero lo bueno y lo bonito de esta historia es que no es redonda ni mucho menos. Porque el autor se empeñó en seguir los pasos del poeta en un país en el que nunca estuvo. Rastreó en hemerotecas, bibliotecas y teatros, en la memoria periodística, en el salón de la hija de un investigador lorquiano, en rincones perdidos de ciudades a las que solo fue, esta vez sí, buscando el eco de la "fortuna" de Federico, muy reconocido y respetado en el lugar en el que se confunden lo bueno y lo bonito a pesar de no haber podido hacer realidad el proyecto de viajar a Italia.
Sí que lo hizo, sin plan previo, Ramón Ramos, gracias a quien descubrimos hoy que a Lorca no tuvo que pisar suelo italiano para estar allí. Todo eso es lo que cuenta 'El 'ragazzo' de la escena europea. Fama y fortuna de Federico García Lorca en Italia'. Autor: Ramón Ramos. Editorial: La hoja del monte). Realmente 'bello', bueno y bonito todo en uno.

domingo, 3 de octubre de 2010

La vida de un amanecer

Y después de una oscura madrugada, surgió una mañana de domingo, 3 de octubre. Había algunas nubes, pero el sol se empeñaba en empujarlas para iluminarlo todo. Silvio ya lo había cantado muchas veces, hasta arropado por una gran orquesta. La vida de un amanecer...