domingo 22 de noviembre de 2009

La noticia la escribió Isabel

A la hora en la que Chaves y Griñán negaban la bicefalia, la cabeza de Curro asomaba al mundo para devolver las cosas a su justa medida. Las agencias lanzaban el titular de que habrá congreso extraordinario antes de 2012, pero la mayoría de los periodistas interesados en esa noticia estaban pendientes del móvil, que recibía en paralelo el sms esperado de que la criatura había decidido nacer.
No es casual que Curro haya querido robar protagonismo a los líderes --o al "líder" y al "referente", o al "padre" y el "sucesor", líbreme dios de herir susceptibilidades-- con su nacimiento. La gestación de Curro, que ha sido modélica, se ha producido en paralelo a la sucesión a la que políticamente denominan ejemplar.
Fue a finales de febrero. Cuando en los corrillos le soplaban al oído a su madre que todo estaba a punto de ocurrir, Curro empezó a reivindicar su espacio. En una de las primaveras más intensas de la política autonómica, se confirmó como la promesa de que algo iba a ocurrir. Empezó a redondear las formas de su progenitora mientras se configuraba un nuevo Gobierno con un nuevo presidente en una Andalucía en fiestas, que miraba con cierta perplejidad cómo en pocas horas se pasaba una página de la historia de la autonomía y que ignoraba las pequeñas grandes cosas que ocurrían en el ámbito de la sucesión. Entre quinielas e intoxicaciones, rumores y especulaciones, Curro tomaba cuerpo. "Sólo estás embarazada por las tetas", espetó alguien con poco gusto a su madre en pleno proceso. Pero Curro aguardaba su momento.
Sucedió ayer. Un sábado de noviembre mientras los líderes --o el líder y el ex líder, que no sé cómo decirlo sin volver a liarla-- se esmeraban en empezar a escribir un epílogo pacífico a la sucesión. Tres kilos y medio de Curro hecho realidad que cambian el rumbo de la historia. Porque el mundo no puede ser el mismo con una persona más. Cambia el mundo porque cambian sus padres, el paisaje de su calle cuando salga a jugar, la vida de los amigos que tendrá.
¿Pero alguien lo dudaba? La noticia del día fue Curro, morenito y pequeño. La escribió, faltaría más, Isabel.

jueves 5 de noviembre de 2009

Sólo 2.183 lunas

El día que me enteré que iba a abrir un periódico que se iba a llamar La Opinión de Granada lloré mucho. El proyecto iba a ser encabezado por el que hasta entonces había sido mi jefe, que abandonaba mi redacción para dirigir el nuevo diario. Hubo unos aviones que volaron las Torres Gemelas, el papel en encareció y la apertura del periódico se demoró, aunque terminó por abrirse paso en medio de la jungla mediática, con otro director y con otra redacción. Hace 2.182 días que está en la calle, pero a esta hora se cierran las páginas del número 2.183, el último. Otra crisis, la de ahora, la crisis que agrava la crisis de la prensa, se lo ha llevado por delante.
¿Qué estará pasando a esta hora en esa redacción? ¿Cómo se escribe el último editorial? ¿Cómo se entrega la última página en cierre? ¿Serán noticia de su periódico estos trabajadores despedidos?
No sé el número de periodistas que han caído ya en los últimos tiempos, pero el cierre de La Opinión de Granada es mucho más. Cuando una rotativa se para y las furgonetas del reparto dejan de funcionar, perdemos todos. Los que se quedan en la calle, los que mantienen el empleo pero que saben cotizan menos en un mercado en el que sobran buenos profesionales, los lectores de las recetas de cocina y los de las crónicas de fútbol y la sociedad granadina en general, que a partir de mañana tendrá menos opiniones que contrastar. Será una sociedad más pobre, por poco que pueda llegar a enriquecerla en determinados momentos un periódico pequeño y herido por la falta de recursos.
Me tengo que poner políticamente incorrecta irremediablemente y acusar a la sociedad, ésa que digo que sale perdiendo, de ser corresponsable de lo ocurrido. A la granadina porque hablamos de La Opinión, pero creo que es un mal generalizado en un mundo en el que se extienden como una mancha de aceite los lugares comunes y falta el interés por la crítica, la reflexión y las ideas. Ocurre a veces que el flash del momento y la noticia rápida consumida de forma atropellada nos sacian sin necesidad de ir más allá. Ahora que tenemos más derechos que los que nunca tuvo el ser humano en toda su historia, cada vez nos preguntamos menos cosas y cada vez nos conformamos con respuestas más simples. Y una sociedad que no busca respuestas se aleja poco a poco de los kioscos, se ciega con la mancha del titular de la web y cada vez se detiene menos tiempo en la letra pequeña.
Y claro que también tienen culpa la crisis publicitaria, las empresas periódisticas que no logran la fórmula para captar nuevos lectores, los periodistas que pierden el oído de lo que dice la calle, lo caro que está el papel, la precariedad de la profesión, los intereses cruzados... Claro que sí, pero ninguno de esos males sería letal si cada vez fuesen más los que se hacen preguntas. Las respuestas no seguirían oliendo a tinta ni envolviendo el pescado, pero cada vez serían más los interesados en saber qué, dónde, cuándo, cómo y todos los porqués que hay detrás de lo que ocurre a diario. Ahora que el periodismo es más necesario que nunca, es desolador ver cómo pierde espacio.

lunes 2 de noviembre de 2009

Una luna repleta sobre el cementerio

Noviembre. El título de una película que habla de sueños por realizar. El mes en el que soñaba despierta en mi infancia, cuando el reflejo tembloroso de la llama que alumbraba a los difuntos de mi abuela me dejaba en vela durante toda la madrugada. La mariposa flotando en un arroyo de agua y aceite permanecía encendida durante 30 días en mi dormitorio de la vieja casa familiar, donde habitaban las estampas de nuestros muertos más queridos.

Noviembre es el mes que los niños esperábamos con ansiedad para ir al cementerio de noche. Avanzábamos excitados por la calleja a oscuras, en medio de sombras que murmuraban latinajos y rezos desconocidos para nosotros. Todo era motivo de risa. Los apellidos de las lápidas más antiguas iluminadas por el reflejo de los velones rojos, el susto provocado por uno de los muchachos que se colocaba estratégicamente a la vuelta de alguna esquina o el respingo del más valiente, que metía la cabeza en uno de esos nichos vacíos que esperan a su propietario con su hueco listo para la eternidad. Era una noche en la que la veneración a los antepasados y los familiares perdidos nos servía de excusa para tocar el más allá con la punta de los dedos y hablar de tú a tú con la legión de ex habitantes de la localidad.

Los niños crecimos familiarizados con la cultura de la muerte. Eso viene de antaño, cuando los monaguillos infantiles que iban a pasar toda la madrugada del Día de los Difuntos doblando las campanas desfilaban por las casas pidiendo los 'tosantos' para hacer más llevadera la noche. Los vecinos les daban membrillos, casamientos de higos y nueuces, granadas o dulces, una costumbre no tan distinta de la tradición yanki de la noche de Halloween, definitivamente instalada en esta sierra perdida. Es cierto que ya no doblan las campanas, pero los niños vuelven a ser protagonistas de esta oscura celebración: una legión de adolescentes pintadas de negro poblaban las calles encaladas la otra noche. Los viejos miraban ese carnaval adelantado con satisfacción porque, qué demonios, la americanada ésta ha devuelto a los chicos a los viejos caminos en una madrugada que siempre fue distinta al resto.
"Ahí vengo, de ver a tu padre", comenta en el cementerio un señor muy ufano a otro que se quedó huérfano hace una década. A los muertos se les da estatus de vivos en estos días y los vivos se hacen a la idea de cómo será su estatus de muertos. "Ahí vengo, de ver mi hueco, que lo tengo en propiedad", señala un anciano encorvado que todos los años por estas fechas se asegura de que tiene su sitio asegurado. Los fondos anticrisis de la Junta han hecho que en esta ocasión haya encontrado un camposanto más blanco y florido, remozado y ampliado más allá de la tapia para satisfacción de los lugareños: "Esto está de cinco estrellas... Esto no lo tienen en la mayoría de los pueblos de al lado".
Noviembre es un mes que los bares estrenan haciendo el agosto, ahora incluso con temperaturas veraniegas. Los expatriados vienen en el puente de Todos los Santos a limpiar lápidas, colocar flores y reencontrarse con el resto de la familia que acude por estas fechas a lo mismo que ellos. Luego todos se van y pasan meses sin que nadie visite los mármoles y granitos grabados con los nombres de los suyos. Los coches desfilan sin flores en el camino de regreso bajando la cuesta de la Esperanza, huyendo del invierno que se abre paso con furia. Una luna repleta, demasiado acostumbrada al cielo de verano, observa con perplijidad el bullicio de las nubes haciendo mudanza y el silbido helado del viento mientras los niños corren a por el abrigo y las madres les avisan de que ya se han ido los forasteros y, como no se recojan pronto, se las tendrán que ver con las ánimas que andan sueltas.

domingo 18 de octubre de 2009

Desde que tú te fuiste no he tenido luz de luna...

Navego por los blogs de otros y me encuentro con un regalo de mi querido Quiles del que, con toda la cara, me apropio. Sé que no le importa, así que ahí tenéis un enlace que me reconcilia con las lunas cuando creía que ya iba a ser imposible encontrar alguna para mantener las constantes vitales del blog. Se llama Paco Cifuentes. Por cierto, que le conocí gracias a Quiles una noche a la luz de la luna. (Lo de colgar vídeos directamente no me sale, que alguien me enseñe).

http://www.youtube.com/watch?v=hpa1I-mxkMc

"La pandemia que estábamos esperando"

A una amiga mía le ha dicho una amable señorita del servició telefónico de atención sanitaria que en estos momentos es un peligro para la salud pública. Que se meta en la cama y deje de dar la lata con la idea de viajar hoy a Dinamarca en una expedición comercial. Sus mocos son una amenaza letal. Horas antes, un médico apuesto y solícito se había presentado en su casa armado hasta los dientes de tamiflú. Por-si-aca.
¿Pero mi amiga tiene gripe A? Pues no lo sabemos. Asmática de toda la vida, mi amiga se resfría como setecientas veces al año. Moquea hasta en verano en la playa. Trabaja desde muy temprano en salones inmensos tomados por grandes corrientes de aire serrano y, como es muy limpia, se encarga de que el agua fluya con libertad y sin miramientos por todas las instalaciones de su bodega. Vamos, que lo más lógico y lo más normal es que haya cogido un enfriamiento como el de todos los otoños. Lo más lógico y lo más normal si la "pandemia que estábamos esperando" (El País dixit) no hubiese llegado ya.
Admitamos pues que no podemos dar por hecho que mi amiga tiene un resfriado vulgar (nunca su resfriado sería vulgar, he de matizar). Admitamos que, dada la situación de excepcionalidad en la que nos encontramos, tenemos que barajar la hipótesis de que haya sido contagiada por el mal del siglo XXI. ¿Y? La amable señorita de la información telefónica sólo nos dice que hasta que el caso no sea grave de verdad no se hace prueba alguna para confirmar o descartar que el maligno se ha fijado en ella. Pero que no se le ocurra volar, por dios, que tiene efectos tan perversos como secuestrar en avión y hacerlo estallar. "¿Y si no tengo gripe A?" Preguntaba mi amiga entre tos y tos. Pues que su empresa pierda el dinero del billete, de la reserva en la feria a la que se dirigía, de los negocios que pudo hacer y no hará... Pero ni se le ocurra toser así fuera de casa, vino a decir la señorita.
Está claro que hay que lavarse las manos, tirar los kleenex en una bolsa sellada con silicona y no besar a nadie. No dormir con nada al aire y evitar cambios de temperatura. Medidas de prevención de bolsillo antes de que la cuarentena preventiva te meta en el saco de los sospechosos, que son inhabilitados para la vida social a pesar de que no existen medios para detectar en unos cuantos días si tus mocos son pandémicos o una simple guarrería.
Aclaración: no veo a mi amiga hace un tiempo. Toda esta información me la ha facilitado por teléfono.

lunes 12 de octubre de 2009

El músculo hispano


Para celebrar la Hispanidad sacamos a la calle los tanques y todos nuestros uniformados, y también a nuestra uniformadas, que las hay. Aunque el Ministerio de Defensa se las ve y se las desea para que la gente se apunte al Ejército --hay cierto desapego con las fuerzas armadas, no lo neguemos-- parece que nadie ha caído en eso. El desfile de soldados, los aviones de guerra sobrevolando el cielo de Madrid y las marchas militares son el grueso de la liturgia con la que festejamos que formamos parte de una cultura rica y abierta y que compartimos idioma con un buen puñado de países al otro lado del océano.

¿A nadie se le ha ocurrido replantear los actos del 12 de octubre? No digo yo que vayamos a prohibir a los guardias civiles de los pueblos ponerse el traje de gala e ir a misa con sus guantes blancos (con lo bien que huelen los cuarteles a colonia de hombre el día del Pilar) ni que impidamos a los legionarios impresionar a madres y novias con sus anderes solemnes con el número de la cabra; pero algo habría que hacer.

No estaría nada mal que nos pusiéramos de acuerdo en celebrar todo lo que compartimos. Reescribir la historia es imposible y ni los hispanos de aquí ni los de allí tenemos culpa de las tropelías de la "conquista", pero claro que este día puede ser la excusa para potenciar los lazos entre las dos orillas y educar a la sociedad de aquí y de allí de todo lo que nos une. La Hispanidad al fin y al cabo.

Porque estamos más cerca que nunca. La Hispanidad tiene ahora más sentido que nunca como concepto en un mundo en el que lo local cede terreno a lo global, donde ser simplemente español o colombiano es cada vez una cosa más insignificante y en el que las fronteras empiezan a no tener justificación moral. Y necesitamos más que nunca reforzar nuestra identidad hispana frente a la nacionalidad de nuestros pasaportes para aprender a convivir. A seis manzanas de mi casa, seis cuadras que dirían al otro lado del Atlántico, está instalada una numerosa comunidad de ecuatorianos, que llevan a sus hijos al colegio al que yo llevaría a los míos si los tuviera y que toman cerveza en los mismos bares que yo. Hispanos del mundo unidos en la Macarena todos los días del año, unos días con más sintonía que otros, superando a veces la dificultad de no comprender la forma de vida del que está al lado, pero rara vez identificados con esas armas tan sofisticadas que se han exhibido hoy en la Castellana a modo de amenaza a quien se atreva. Como si ser hispano fuese sólo mostrar músculo.

Un papá, una mamá y una sombrilla

El papá está debajo de la sombrilla en silencio. Mira algo o a alguien con atención, porque parece observador, y responde a los niños con un gesto leve, suficiente como para que el crío se dé por atendido sin que él tenga que perder el hilo de eso que tanto le interesa en las musarañas o en la sombrilla de al lado. No hay gritos que puedan alterar su reflexión, aunque sea la voz conocida de uno de sus cinco hijos varones, menores todos de 12 años.

La mamá no se está quieta. Busca en las bolsas bocadillos, despliega juguetes, besa y regaña por igual. "Mamá, caca". Y mamá le acompaña a la caca muy sonriente en mitad de su almuerzo. "Mamá, agua". Y mamá deja de comer para darle agua. Y lidera la conversación con el resto de comensales, con un niño en brazos y otro agarrado al cuello, pendiente de que un tercero se lo haya comido todo antes de volver a jugar con todos, de volver a bromear y volver a besarlos.

¿Qué instinto es el que dirige la gran mayoría de los mocos y de las cacas de los niños hacia sus madres? ¿Qué ley genética por descifrar les hace suplir a ellas la falta de diligencia del macho ante sus crías? La exposición de motivos de la Ley de Igualdad no me da respuestas, pero el cuadro completo -padre meditabundo, madre frenética y algarabía infantil- encaja con facilidad en la imagen aprendida de lo que es una familia feliz. Otra vez la evidencia de siempre: si nosotras no cambiamos los roles, nadie lo hará. Ellos están muy cómodos debajo de la sombrilla.