May fue la que hizo la primera incursión. Inspeccionó los espacios, los ocupados y los posibles, y dejó todo enchufado y en funcionamiento. Se encargó del avituallamiento de productos básicos para una temporada pero, en previsión, me elaboró un mapa de la zona con los puntos que garantizarían mi subsistencia futura.
Situada cada cosa en su sitio, Carlota (en su séptimo mes de gestación) permitió a Bibi que se ocupara al poco tiempo de las labores de refino. Le encontró un lugar discreto a la escalera, convirtió los flexos en versátiles focos de luz indirecta, llenó la puerta de la nevera de nuestras vidas y escondió, aún no sé dónde, unas yerbas de color naranja que algún inquilino anterior tuvo a bien colocar en medio del salón.
La reordenación definitiva tardó poco. Se produjo cuando papá y mamá decidieron que la mesa grande debería estar al lado del balcón y que la plegable podría hacer arriba una buena función. Para eventuales visitas, habría que bajar dos sillas rojas, complemento de las dos negras, que quedarían estratégicamente instaladas al lado del sofá.
El sofá. Ahí fue donde durmieron más de una vez los diegos sin quejarse. Noches completas con despertador, siestas completas con babas y alguna que otra cabezada imprevista, bien arropaditos con la manta naranja que, no sé cómo, daba para que cubrir el frío de tres. La tercera a menudo era Esperanza, titular honorífica del futón durante unos días en los que consideró oportuno que dispusiéramos del bote más grande del mundo de jabón de manos rosa. He de decir que nos libró de gérmenes todo el año.
Se ve que compartía preocupación por el baño con Marta, que se pasó una mañana entera entregada a su remozado: cortinas y alfombra nuevas y, sobre todo, lejía, mucha lejía. Me dejó bayetas y guantes para los meses siguientes, por supuesto, con la explicación del modo de empleo. Normas sencillas y claras, fáciles de aplicar para momentos de dejadez extrema.
Empeñado en que el aseo rozase la perfección, el Lozano se aplicó a la silicona para pegar definitivamente la rejilla de ventilación. La humedad lo hizo imposible, y eso que el otro Diego sumó varios centímetros (de altura, claro) a la tarea. Éste, adivinándose beneficiario de un piquito de la manta naranja, hizo una noche sin rechistar mis deberes de inglés. “Make a cup of tea”, era la cosa. Se lo tuve que confesar a Paras el día que me pidió miel, honey, para desayunar. Y yo la tenía. La había comprado Bibi, claro.
Porque no eran horas, porque en otro momento le podía haber ofrecido el whisky que dejaron en la estantería Mar, Sandra (con Paula aún en ella) y Ramón o uno de los vinos aportados a la causa por Isabel. No me acordé, es cierto, de los bombones suizos de la visita de Ben y Seb ni de los litros de helado que seguían esperando en el congelador, uno de los tantos excesos de Ricardo. Al jamón lo miré de lejos, como siempre, porque ésa era una tarea reservada para Pepe y Mariló, el Pérez y Eduardo, todos ellos competentes en la cosa ibérica y responsables en la toma de decisiones sobre cuestiones tan técnicos como cuándo darle la vuelta a la pata.
Las aportaciones culturales llevaron siempre la firma de Elisa (mecenas de la pequeña biblioteca montada en el armario de las toallas) y de mi hermana Ana, que pobló los rincones de revistas y carátulas raras. Serían indies, o algo. Aunque desde la primera escala de Erika, cuyo corazón colgó siempre de la escalera, yo fui más oriental que otra cosa gracias al 'Cuaderno de ejercicios para un tener un espíritu zen en un mundo convulso' con el que quiso equilibrar mi existencia.
Y un domingo por la noche me encontré en la mesita baja una mariquita, legado de su segunda escala con Manolo y, una mañana, en la mesa alta, el búho de Almudena y Diego. Estaba en el mismo sitio en el que Edu y José (que vinieron con Laura y Edu, claro) me dejaron una agenda de 2012 con las fechas de sus cumpleaños. Y ahora que lo pienso se me olvidó preguntar a los niños si Papá Noel había depositado los regalos dentro de la cesta de pesca habilitada en el balcón para los botellines. Soluciones Esperanza.
Para envidia de mis amigas, Martín pernoctó una vez. Por casualidad, es cierto, y también es verdad que quiso regresar con Mónica. Como las amigas de May, que fueron reincidentes. Las de Meme sólo descansaron un poco en el sofá, pero ella sí volvió para convencerse de las bondades del futón de las que tanto había oído hablar, incluso a las amigas de Mar.
Avisados estáis todos de que, en unos días, cerraré para siempre la puerta que una madrugada fría de noviembre abrí por primera vez, arrastrando mi edredón en la maleta. Y no sé por qué pero, pese al surrealismo de la escena, ese día ya supe que entre todos haríamos de este sitio algo parecido a un hogar. Perdón, a un hostal quería decir.
PD: Las sábanas en las que habéis dormido siguen estando a seis euros en el Rastro. Lavan muy bien... Ésa ha sido vuestra suerte.